Qué paradójico. Justo ayer publicamos que unos creativos paraguayos vendieron un juego nada más y nada menos que al canal Nickelodeon, de EE. UU.
¿No enseñan nada? Con los videojuegos aprendí a no rendirme fácilmente, a seguir intentando para superar un obstáculo. Aprendí a razonar, a buscar una salida de cualquier forma y hasta aprendí inglés.
Si ahora uno tiene 25 años y está jugando videojuegos, lo llaman inmaduro. No me parece nada inmaduro o infantil estar trabajando constantemente la inteligencia. Me parece menos productivo y más nocivo ver novelas o programas de chismes en TV o caer en las drogas. Además, parece ser que solo por tener un control en las manos y jugar varias horas, el niño está siendo perjudicado. No dicen eso cuando ven sexo en televisión a plena luz del día, noticieros violentos con exceso de sangre en horario de almuerzo o programas faranduleros que generan odio, rencor y envidia.
Yo juego desde los 4 años y nunca tuve problemas, gracias a la excelente educación que recibí en casa. Para acotar algo más. Los juegos tienen sistemas internacionales para clasificar los contenidos, y determinan cuáles son para niños y cuáles para un público adulto. Las etiquetas se aprecian en las mismas portadas. Depende solamente de la familia verificar qué están jugando los niños.
Las videoconsolas ya se convirtieron en completos equipos de entretenimiento porque, más que solo juegos, reproducen películas, músicas, presentaciones de diapositivas, editan fotografías, permiten navegar en internet, chatear, hacer videollamadas y más. Las personas socializan a través de las consolas. Conocen nuevos amigos, de todas partes del mundo.
Dentro de 50 años tendremos ancianos jugando a los videojuegos, tal como juegan hoy al ajedrez, leen periódicos o gruesos libros. Más que un hobby, ya es un estilo de vida. Dejaron de ser “simples jueguitos que no enseñan nada”.