Opinión

Escenas bíblicas de la necropolítica actual

Blas Brítez Por Blas Brítez

La relectura de la Biblia es un pasatiempo no siempre ocioso para este cronista. Útil para cualquier crítico cultural a la hora de ejercitar un análisis de la trama del mundo; para la reflexión social, filosófica, literaria y, sobre todo, política. La política, pues, siempre está tejida por sus metáforas, su fraseología donde no faltan salomones o pilatos, presidentes sádicos o funcionarios deshonestos. Además, la Biblia es un fecundo manantial de historias sorprendentes, ejemplarizantes moralmente; pero también divertidas, impúdicas, terribles.

No en vano una parte sustancial, nada desdeñable, por ende, de la tradición crítica y moderna que heredamos como saber (además de los conocimientos otros, autóctonos, periféricos), pervive y nos viene de la época en que algunos hombres y mujeres “descabalaron” la Biblia, sistemáticamente; de cuando la leyeron con furor investigador, audaz, en la Europa de los siglos XVII y XVIII. Pusieron al corriente unos saberes teológicos, filosóficos, científicos, literarios y políticos que, otra vez, emergieron de la vieja pasión de unos cuantos que se volcaron a analizar, desde diferentes perspectivas, posiciones ideológicas, un vasto libro que, hasta entonces, era solo sagrado e impenetrable. Al menos, no sin castigo. De esa pasión derivan Hegel, el filósofo de la modernidad; Marx, pero también Weber; tanto Nietzsche como Kierkegaard, como Conrad, como toda la gran literatura norteamericana del siglo XIX y principios del XX, como gran parte de la hispanoamericana en la centuria pasada, incluidos Roa Bastos y García Márquez, novelistas políticos.

Benjamin Nethanyahu, un político, se reclamó heredero del rey Salomón en varias oportunidades y, como tal, mandó construir el Parlamento en una colina jerosolimitana, a la manera del Templo salomónico. Cuando en 2019 pidió a los parlamentos de América Latina que mudaran sus embajadas a Jerusalén, sugerencia que los negocios de Horacio Cartes y Paraguay fueron los únicos en seguir sin que se los pidieran (además de Guatemala, donde en los años 60 Ríos Montt mandó asesinar indígenas y campesinos con armas y consejeros militares israelíes), recurrió a su lenguaje mesiánico, teocrático, el de un líder que no es republicano ni democrático, por definición, el de un Estado que tampoco lo es: “Esta es una descripción de nuestro gobierno bajo el rey Salomón, el hijo del Rey David, hace tres mil años. Jerusalén ha sido nuestra capital durante tres mil años y será nuestra capital”, dijo prendado de ese lenguaje orgullosamente bélico que prepondera en aquellos reyes cuyas historias cuentan los poetas del Nevi'im hebraico, del Antiguo Testamento cristiano.

Personalmente, la lectura del 1 y 2 de Reyes, donde se narra la vejez y la muerte de David, la fulgurante aparición de Salomón envuelto en una paz de sepulcros típica de dictadura, con delatores, sicarios que se arrojan sobre enemigos políticos, trabajadores forzados y ejecutores judiciales providenciales como reyes. Allí también están esos extraordinarios seres milagrosos, mágicos, que son Elías y Eliseo, como quijotes y sanchos.

Cualquiera da por sentado (como los redactores de la Biblia acerca de aquel declinante periodo arábigo-arameo que empujó a los líderes israelitas a expandirse hace tres mil años, hasta el brutal regreso asirio) que Israel tiene derecho a defenderse, es decir, a atacar: expandiéndose “por seguridad”, con arqueológica manía.

Tal es el escenario actual, que hay lugar, claro, para el Nuevo Testamento: El adepto teológico a la patria financiera Emmanuel Macron, criticado por su gestión pandémica a diestra y siniestra, siguiendo a Mateo 5:39 puso una mejilla generosa a un súbitamente ofuscado simpatizante de la ultraderecha francesa, para después guardar la otra del puro susto financiero, como no lo manda Jesús de ninguna manera, en el bofetón más interesante de los últimos tiempos: Había salido a “recoger bendiciones”, a “tomarle el pulso a la gente”, tal vez tras una relectura, finalmente, no siempre ociosa de la Biblia.

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