Opinión

En el nombre de Dios

Rodrigo Houdín

Una conducta habitual que tenemos los cristianos y quienes así se autocalifican es acudir a Dios en distintos momentos de nuestras vidas. Generalmente lo hacemos cuando nos toca enfrentar situaciones complicadas, aunque, en honor a la verdad, algunos tienen una comunicación más cercana sin importar la situación por la que atraviesan.

Históricamente, la Iglesia ha sido blanco de críticas por la calidad de algunos de sus fieles. Pero, pese a todo, ha sabido superar guerras, persecuciones, injusticias y hasta las incoherencias. Entre los llamados creyentes existen personas de distintas clases sociales y profesiones. Incluso, cada región del mundo tiene sus propias características culturales y algo de ello suele verse reflejado en la conducta de los seguidores.

En los grupos sociales y religiosos y en el ámbito laboral hay distintos tipos de personas. Están los más activos, los despreocupados, los voluntariosos, los responsables, los incoherentes, los que siempre van de contramano, los alegres, antipáticos, los holgazanes, entre otros.

Quienes tenemos distintos roles (trabajo, familia, entre otros) sabemos que algunas conductas, por más criticables que sean, son hasta justificables por la imperfección humana. A pesar de todo, Dios los ama sin distinción alguna.

Lo que no es justificable es que algunos políticos, con conductas propias de los energúmenos, pretendan sacar réditos hablando en “el nombre de Dios”. Una cosa es vestirse de creyente, y actuar en contra de los valores impulsados por la religión. Pero otra muy distinta es llevar agua hacia sus molinos, promocionándose como una persona de fe. Expresiones como “si Dios permite seré presidente, senador, diputado, seccionalero” se agregaron al vocabulario de los políticos. Muchos dirán que es bueno, pero sabemos que el objetivo de ello no es justamente evangelizar.

Paraguay es un país católico y la clase política es consciente de ello. No en vano algunos “referentes” piden audiencias con el papa Francisco o se muestran en actividades de la religiosidad popular. Pero el descaro de algunos políticos no solo está en tratar de caerles simpáticos a los creyentes, como el diputado colorado cartista Basilio Núñez, quien durante una de las sesiones en las que se trató el juicio político a la fiscala general Sandra Quiñónez leyó un falso comunicado del arzobispo de Asunción, Adalberto Martínez.

“La Iglesia Católica recomienda al embajador norteamericano no inmiscuirse en asuntos internos de la República del Paraguay. La imposición de la ideología progresista no es bienvenida en Paraguay. La familia siempre será la base de la sociedad”, decía el falso comunicado que tuvo que ser desmentido por Núñez, presionado por la reacción del propio arzobispo. El falso comunicado hacía referencia a la sanción de Estados Unidos a Horacio Cartes, y le vino como anillo al dedo a Núñez.

Este tipo de omisiones, sean voluntarias o involuntarias, son un ejemplo de cómo la clase política no duda en utilizar a la Iglesia cuando más le conviene. No acuden a Dios; buscan colgarse de su Iglesia. Y, para los políticos seudocreyentes, se volvió una costumbre apelar a este tipo de conductas en busca de ventajas. No en vano el propio papa Francisco les dijo, durante su visita a Paraguay en el 2015: “Qué mentiroso sos”.

Es probable que aquellos que hacen política “en el nombre de Dios” y quienes se jactan de leer la Biblia a diario, mientras dan la espalda al sufrimiento de la gente, realmente crean en la misericordia. Pero estos están muy lejos de ser aquel buen samaritano, de la parábola, que regresó arrepentido junto a su padre, tras entender que siguió el camino equivocado. Ellos hicieron de la corrupción un estilo de vida.

Aunque el refrán “a Dios rogando y con el mazo dando” describe perfectamente este tipo de conductas, a la clase política de nuestro país, dominada por los partidos tradicionales, le cabe mejor la expresión “de Dios hablando y al pueblo robando”.

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