Por Carlos Colombino - Esteban Cabañas |
No siempre se consigue lo que se pretende. Es casi el inútil deseo. La inevitable levedad de las cosas prohibidas, la forma del amor que no se cumple ni se verifica. Es apenas el aire suave que no habla por nosotros, algo que nos niega sin alarmas ni sorpresas. La sensible mudez.
Ahora, el último resplandor. Ese que todo lo apaga para dar inicio al vacío donde no existe la mirada ni la posibilidad de reflejarse en nadie porque el atrás se ha vuelto oscuro e insondable. Es, quizás, el infierno.
O lo que se imaginó como infierno. ¿Estamos seguros de que no existirán las palabras? ¿O es también aquello que reposa intocado en el baúl de los tiempos? Posible señal en los avatares del camino.
Aquel que solo se recorre una vez y no permite retroceder para encontrar la salida, la puerta que nos libere, la que nos expulse del laberinto, la que, por fin, nos inunde de nada, en esa noche cuya profundidad remite al silencio. En ese tramo, hemos de sumirnos en el todo, otorgarnos al río que no puede regresar y que nunca será el mismo.