Cuando este milenio empezaba, un grupo de egresados en filosofía de la UNA y la UC decidimos rellenar los muchos huecos que nuestra incipiente formación universitaria nos había legado. Formamos espontáneamente un grupo de lectura que, para nuestra sorpresa, duró aproximadamente dos años sin parar. A medida que pasaban los sábados, los meses y los años fuimos descubriendo textos de Descartes, Platón, Hobbes y Spinoza.
La Ética demostrada según el orden geométrico nos llevó seis agotadores meses; Spinoza fue nuestro bautizo de fuego, el punto de inflexión. Habíamos llegado a un punto donde conectábamos con la obra y los debates se hacían cada vez más ricos, clarificadores, al mismo tiempo que eficaces, o sea, ya evitábamos automáticamente los comentarios inútiles, aquellos que nos desviaban del objetivo: aprender del autor en cuestión y enriquecernos con nuestros mutuos aportes. Así pasaron Heidegger, Deleuze, Vattimo y Foucault y muchos meses más de estudio concentrado, debate crítico, perplejidades no resueltas, calambres neuronales y chistes filosóficos que ruborizarían a nuestros idolatrados autores.
Los compromisos familiares y laborales, y otros factores fueron agotando al grupo y la fuerza se fue extinguiendo. Intentamos retomar varias veces pero nunca fue como antes, durábamos muy poco. Entonces entendimos que estos grupos tienen una vida promedio y luego se terminan.
Con los años descubrí que muchos amigos y colegas de disciplinas afines habían también pasado por una experiencia de lectura grupal. En la historia de muchos investigadores, profesores y escritores existió el rito grupal de leer un libro. Significaron mucho para ellos los debates, las discusiones y contraargumentaciones; la comparación de textos y teorías; y, más que nada, el aprendizaje.
Pero en realidad, de todo esto queda la reunión de amigos, el forjamiento de lazos profesionales y fraternales. Hasta ahora me veo con aquellos compañeros que compartimos tantos sábados calurosos de lectura y los encuentro convertidos en grandes profesionales y padres y madres de familia. Lo mismo pasó con los otros grupos, muchos ahora se destacan en lo que hacen. No digo que el grupo de lectura los haya hecho triunfar, sino que fue un escalón obligado y natural en las personas que buscan siempre algo más que lo que las instituciones académicas establecidas ofrecen.
Ahora que el Instituto Superior de Educación implementó para sus funcionarios dos grupos de lectura semanales (El valor de educar y El valor de elegir, ambos de Fernando Savater) siento orgullo y entusiasmo por este paso inédito a nivel de la educación superior. Como siempre, el grupo no es numeroso; pero esa es la impronta de estos emprendimientos de lectura y estudio.
Descubrir que estudiar libros en compañía de otros puede llegar a ser divertido y enriquecedor lleva tiempo, y eso es un lujo que muchos no se pueden permitir. Pero aquellos que se permiten ese breve e intenso espacio en sus vidas saben que el conocimiento no ocupa lugar y que el debate respetuoso engrandece.
Atrévanse y verán.