Opinión

El preso declarado inocente

Gustavo A. Olmedo B.

Esta semana, un Tribunal de Sentencia absolvió de culpa y pena a un joven que fue acusado por la Fiscalía por un caso de abuso sexual, y por el cual permaneció por más de un año en prisión. El elemento clave que demostró la inocencia del joven, de apellido Noguera, fue el resultado de una prueba de ADN que dio negativo. Se trata de un hecho grave, que se suman a otros en el país y el mundo, en el que el sistema judicial perjudica la vida de una persona por equivocación.

La justicia es vulnerable, humana e imperfecta y lo sabemos. Pero necesitamos aprender para rectificar rumbos. Más allá de este caso, el hecho pone de nuevo en el ojo de la tormenta a los protagonistas y administradores de la justicia; hablamos de abogados, jueces y fiscales. Son interminables las denuncias existentes en torno al manejo mediocre y hasta oscuro de muchos de estos hombres y mujeres de buena presencia. ¿Están debidamente capacitados para el cargo? ¿Existe un proceso adecuado para el nombramiento de los mismos? ¿O solo se eligen por padrinazgos e influencias políticas o de la masonería? ¿Cuentan con recursos necesarios para investigar? ¿Es suficiente una preparación ética para garantizar calidad?

Recuerdo el caso que me tocó de cerca, de un joven que años atrás estuvo también en Tacumbú por más de dos años, acusado de robo en la vía pública y que luego fue absuelto por falta de pruebas. Su calvario comenzó con los abogados que le solicitaban “adelantos” para las gestiones que nunca se concretaban. A lo largo del proceso pasó por las manos de por lo menos seis letrados, y todos le sacaron su tajada. Luego, se enfrentó con los fiscales que, aún sin pruebas sólidas, –ni siquiera las víctimas lo reconocieron– seguían con la acusación. A esto se sumaron las audiencias suspendidas, porque el juez no tenía tiempo de firmar o asistir a su lugar de trabajo. Entonces, lo reagendaban para tres o cuatro meses delante. A nadie de la justicia le importaba a qué lugar regresaba ese joven de 19 años en aquel entonces. ¿Quién devuelve a estas víctimas lo perdido? La familia, amistades, reputación, autoestima, salud mental. Ni siquiera una indemnización del Estado bastaría. Las jornadas de angustia, impotencia, rabia, maltrato y violencia experimentadas en esos laberintos del penal pueden dejar profundas heridas sicológicas.

Por ello, es justo reclamar para este y otros casos similares, una investigación profunda para identificar los errores y sus responsables. A simple vista se trata de una negligencia y debe ser analizada y tomada en serio por las autoridades competentes. Además, urge que abogados, jueces, fiscales y colaboradores tomen conciencia de la gravedad de cada acción que realizan; comprender que detrás de una simple decisión, un dato, una firma, se encuentra en juego una persona con su dignidad. Tomarlo a la ligera es atentar contra un ciudadano, no contra un expediente.

Pero el caso del joven Noguera nos deja también una lección, quizás la más valiosa; que la esperanza y esa mirada hacia adelante es posible. Una vez absuelto y liberado, el joven abordó un colectivo y fue hasta la Cruz del Peregrino, en Caacupé, desde donde caminó hasta la Basílica de la Virgen de Caacupé, en compañía de su hermana, para cumplir con su promesa. “Soy inocente y no le guardo rencor a nadie. Estoy feliz de estar libre”, dijo en un contacto con C9N (ÚH/13/10/20).

Un gesto notable que cambia el presente. La fe de este joven le ha permitido también ser libre fuera de la cárcel; liberarse de las invisibles pero sólidas rejas de los odios y rencores propios de quien ha vivido una experiencia similar. Una fortaleza que nace de una experiencia muy personal, pero que deja en claro que el corazón del ser humano es una fuente de esperanza que guarda en sí un gran deseo de bien; uno que sobrevive incluso a las rejas cuando encuentra un ideal y un rostro a quien mirar. No en vano se afirma que solo a través del perdón suceden cosas realmente nuevas en nosotros. Una lección para tener en cuenta.

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