Opinión

El hombre que no abre la boca

antes del séptimo día

Alfredo Boccia Paz Por Alfredo Boccia Paz

El sobresalto provocado por los hechos de sicariato de estos últimos días explica que haya pasado algo desapercibida la denuncia contra el señor Óscar Atilio Boidanich. El denunciante no fue un ciudadano cualquiera. Era el propio Mario Abdo Benítez, quien quizás no sea muy buen presidente pero, cuando está en campaña electoral, nunca es inofensivo.

Según Abdo, quien fuera titular de la Secretaría de Prevención de Lavado de Dinero o Bienes (Seprelad) durante el gobierno de Cartes recibió desde 2019, poco tiempo después de dejar el cargo, y hasta por lo menos fines de 2021, un sueldo pagado por empresas de este. Afirmó que Tabesa le pagaba 16 millones de guaraníes por mes. Posteriormente se supo que, entre otras firmas, Palermo lo remuneraba con 8.250.000 mensuales. Y curiosamente, aparecían cobros de Boidanich al Club Libertad.

Abdo asegura que este dineral –un promedio de 30 millones de guaraníes mensuales– le fue entregado para asegurar su silencio sobre el inmenso lavado de dinero propiciado por el gobierno anterior.

En rigor, nada de lo relatado por Abdo configura un delito. A lo sumo podría ser un caso más de la práctica de “puertas giratorias” a la que Cartes le ha sacado tanto provecho. Solo que la suspicacia es mayor en este caso. Es que Boidanich estuvo al frente de la Seprelad todo el tiempo que operó en nuestro país Darío Messer, condenado por lavado de dinero en Brasil. La Seprelad lo investigó con timidez y concluyó con un informe en junio de 2017 que, llamativamente, fue entregado al Ministerio Público recién un año después. De todos modos, la Fiscalía de Sandra Quiñónez jamás molestó a Boidanich. Algo que, de haber ocurrido, hubiera sido una auténtica sorpresa.

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Intentaré poner el problema en un plano simple. Cuando se descubrió en el Brasil que Darío Messer, “el cambista de todos los cambistas”, utilizaba instituciones paraguayas para ejecutar un enorme sistema de blanqueo de ganancias ilícitas del Brasil, toda la prensa miró a la Seprelad. ¿Cómo pudo ser que no se hubiera dado cuenta?”. El señor Boidanich se justificó diciendo que tenía poco presupuesto, que la estructura era insuficiente y nimiedades de ese estilo. Y ahora, resulta que cobró más de mil millones de guaraníes de empresas –y del club de fútbol– del “hermano del alma” de Messer.

Ante tamaña denuncia, lo mínimo que se espera de Boidanich es una explicación. ¿En qué concepto percibió ese salario? ¿Cuál es su relación con el negocio tabacalero? ¿Qué servicios prestó al Club Libertad? ¿Por qué en 2019, cuando declaró ante la Comisión Investigadora del Congreso sobre el caso Messer, omitió revelar sus vinculaciones con el grupo Cartes?

Aunque el hombre no abra la boca ni considere que tenga nada que aclarar, el nexo entre el tabaco y el fútbol me hizo recordar que el diputado Édgar Acosta anunció que presentará un nuevo proyecto de ley que plantea que las transacciones de clubes deportivos y del negocio de cigarrillos estén sujetas al control de la Seprelad. Por increíble que parezca, en el Paraguay esas dos actividades que mueven montañas de plata no están incorporadas a la lista de sujetos obligados a reportar operaciones sospechosas de lavado de dinero. El Estado obliga hasta a las casas de empeño a someterse a transparentar sus movimientos financieros, pero no se mete con las transferencias de jugadores ni con los vendedores de cigarrillos.

Esto es así porque una mayoría cartista integrada por diputados colorados y liberales –que probablemente también estén en alguna nómina– impiden que sean controladas. El diputado Acosta recordó que en 2015 había hecho un primer intento de presentar un proyecto similar, pero que sugestivamente Óscar Boidanich se negó a acompañarlo porque tenía poco presupuesto, que la estructura era insuficiente y nimiedades de ese estilo.

Que el señor Boidanich trabaje ahora para Cartes luego de haber estado al frente de una institución de la que se sospecha un control displicente –por decir lo menos– del negocio del tabaco no es más que un problema ético, dicen. Es posible que así sea. Pero su mudez resulta provocadoramente ofensiva.

Alfredo Boccia Paz – @mengoboccia

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