Por Miguela Benítez Fariña
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María Teresa, una joven contadora, estuvo como cuatro días sin dormir tras el nacimiento de su hija. Pocos días después comenzó a padecer de terribles migrañas que se hacían incompatibles con su labor de madre. Levantarse cada tres horas en la noche era una rutina invariable. Ya fuera para amantar a la pequeña Paloma, para cambiarle los pañales, o acompañarla en el padecimiento que tenía con los primeros gases, una señal de adaptación de los recién nacidos. Dormía contadas horas al día.
A medida que pasaban el tiempo, las demandas en el hogar de María Teresa aumentaban, tanto como los malestares. El médico al que la mujer acudió, en compañía de su marido, no pudo más que recetarle vitaminas y más horas de descanso. Pidió que las responsabilidades de atención del bebé, aunque más no sea una vez a la madrugada, se compartieran con su compañero, que trabajaba fuera del hogar. Se buscaba evitar así, que María Teresa cayera en un agotamiento extremo, lo que se conoce en otros términos como estrés.
TÉRMINOS MÉDICOS. El psiquiatra Manuel Fresco, presidente de la Sociedad Paraguaya de Psiquiatría, define el estrés como el esfuerzo que hace el aparato mental para resolver determinadas situaciones problemáticas.
Y los problemas son inherentes al ser humano, donde aflora justamente el eu-estrés, un estado de desafío permanente y necesario para que la persona se desarrolle. “Es una respuesta adaptativa de la personalidad a la vida cotidiana”, considera Fresco, profesor de psiquiatría de la Universidad Católica de Asunción (UCA).
SU DESCUBRIMIENTO. El término estrés fue acunado en 1930, por un estudiante de segundo año de la carrera de medicina de la Universidad de Praga, se trataba de Hans Selye, más tarde uno de los teóricos más importantes en el tema. Selye observó que todos los enfermos estudiados presentaban instintivamente síntomas comunes y generales: cansancio, pérdida de apetito, baja de peso, astenia, y se preocupó sobre todo por el dis-estrés.
Manuel Fresco determina que el dis-estrés tiene que ver con las reacciones anormales o patológicas ante los problemas que se enfrentan en la vida y cuya situación se mantiene crónicamente. “Claro que hay acontecimientos especiales como el cautiverio, el secuestro, la muerte de un ser querido, una violación, un robo o una tragedia masiva como la del Ycuá Bolaños. Esto se traduce en una presión excesiva, en un tiempo prolongado de esfuerzo que agota a las personas”.
QUÉ HACER. Los tratamientos de estrés varían, según el diagnóstico, considera el profesional, que en determinadas situaciones recomienda las terapias individuales o grupales, donde la base es el diálogo con el terapeuta. Cuando es necesario, Fresco determina las psicofarmacoterapias, el tratamiento con medicamentos. Este es un campo delicado y requiere la atención permanente del médico que debe sopesar los efectos terapéuticos y secundarios –leves o de riesgo– no sobrepasar las dosis suministradas y atender la reacción que producen las drogas en el cuerpo del paciente. “Los análisis de sangre son la clave en este caso, porque nos muestran el estado de los glóbulos blancos, si suben o bajan, y si es conveniente seguir o no con tal o cual remedio”.
Los síntomas
-Depresión, ansiedad.
-Dolores de cabeza.
-Insomnio.
-Sarpullidos.
-Disfunción sexual.
-Nerviosismo.
-Palpitaciones.
-Diarrea o estreñimiento.
Las consecuencias:
-Úlcera estomacal.
-Angina o paro cardiaco
-Aumento o disminución del apetito.
-Tics nerviosos.
-Impotencia.
-Irregularidades menstruales.
-Diabetes y dolores de espalda.
Cómo sobreponerse y salir ileso
de un problema contemporáneo
La vida natural ofrece una variedad de opciones para no caer o superar una situación de estrés. Se sugiere practicar siempre algún deporte o hobbie, compartir las cosas buenas y las malas con los amigos, aprender tácticas de relajamiento y evitar el uso de tranquilizantes o alcohol.
Diana Lima, psicóloga y directora del Primer Instituto de Programación Neurolingüística del Paraguay, recomienda:
–Limpiar el baúl de los recuerdos. Supone que la mente es un armario que se debe renovar. La milenaria sabiduría india sugiere el ejercicio de ser feliz cada mañana. Antes de salir, tomar una postura cómoda e imaginarse borrando en una pizarra todo lo que no nos gusta. Mirar las situaciones con nuevos ojos. Cada vez que se dé algo, por supuesto “siempre pasa lo mismo”, volver a imaginar la pizarra y eliminar esa idea. Pensar en lo que sí se quiere lograr sin enfocarse en lo que no se quiere.
–Cuidar la autoestima y aceptarse. Hablar siempre bien de uno/a. Nadie se acerca a una persona que se pasa el día lamentándose de lo malo que tiene. Tratarse como si fuera el mejor amigo. Conocer las debilidades y los defectos. No compararse con los demás.
–Levantar el pie del acelerador. Convencerse de que no es necesario abarcarlo todo. Aprende a seleccionar, aplazar, delegar, organizarse, establecer prioridades para disponer de tiempo para uno/a mismo/a, conocer las propias limitaciones y no autoexigirse en exceso.
–Acumular energía. Buscar siempre un sueño regular, una dieta sana, ejercicios, un sano sentido del humor y una comunicación que persiga el objetivo de pensar, sentir, decir y hacer en la misma dirección.
–Acordarse de la espiritualidad. En un momento histórico en que todo parece incierto e inseguro, no es fácil no aferrarse a bienes transitorios. Tomar conciencia del sentimiento de bienestar “hecho por uno/a mismo/a”, centrado en la atención del propio espíritu.