Correo Semanal

El día que un ciclón arrasó la Villa Baja de Encarnación

El 20 de setiembre se cumplen 94 años de una catástrofe que entristeció al país. Desde la capital de Itapúa, el historiador Julio Sotelo recrea un episodio aún latente en la memoria.

Julio Sotelo
Escritor e historiador

El peor infortunio que enlutó a familias encarnacenas y que unió a estas con las de Posadas, ocurrió al caer la tarde del lunes 20 de setiembre de 1926. Aquel día nadie se imaginó que por el cauce del río Paraná, desde el poniente venía subiendo la fatalidad en forma de un tornado que, desafiando la corriente y aceleradamente, dejaría a su paso destrucción y muerte.

Característico de toda tormenta tropical, el cielo súbitamente se ennegreció, parecía anunciar apenas una noche de truenos y relámpagos. Pero el imaginado meteoro sería mucho más que eso: Una tragedia que entraría, precisamente por el puerto.

El receptor del primer impacto fue el imponente muelle y las construcciones aledañas fueron las primeras víctimas. El tornado, absorbiendo una masa enorme de agua la que, lanzada luego en vertiginoso movimiento giratorio en espiral, produjo una bajante momentánea en la orilla del río donde se formó la tromba que tumbó y hundió las quince o veinte lanchas que se encontraban ancladas a poco fondo.

El viento huracanado de fuerza incontenible subió con ímpetu por la llamada “calle principal”, hoy Mariscal Estigarribia, castigando despiadadamente a la ciudad de Encarnación, convirtiéndola en escombros y dejando un cuadro indescriptible de muerte y desolación. Centenares de casas derrumbadas. El poder destructor del fenómeno rebasó toda imaginación; chapas de zinc retorcidas como si fueran cartón, algunas fueron halladas incrustadas en troncos de los árboles. 70 años después aún se contemplaba una chapa arrugada en la planta de un timbó del barrio hospital. Después del fuerte viento había llovido intensamente.

Latigazo implacable de la naturaleza

Fueron pocos minutos apocalípticos, pero suficiente para sembrar tanta muerte y dolor como jamás antes se había sufrido en esta parte del país. Nunca pudo establecerse fehacientemente la cantidad exacta de muertos, pero cuentan que fueron alrededor de 400 y más de 1.000 heridos. Familias enteras desaparecieron y otras quedaron enlutadas. Algunos vecinos, ni en los momentos de dramatismo, no pudieron contenerse ante la tentación de la codicia humana, pues el dolor y la muerte no les importaron y aprovecharon el pánico general para convertirse en inescrupulosos ladrones, apoderándose de todo tipo de mercaderías y alhajas durante toda la noche.

Aquel latigazo implacable de la naturaleza tenía un solo destinatario: Un sector que comenzó en la Villa Baja. El fenómeno siguió un trecho hacía el norte, tomando parte de la Villa Alta y dirigiéndose luego hacía el este, para terminar la alocada carrera a unos 4 kilómetros de la avenida Gral. Luis Irrazábal, en el barrio San Miguel Curuzú. “Callejón de la muerte”, llamaron a ese trecho de 250 metros de ancho, desde el puerto hasta el comienzo de la Villa Alta, arrasado totalmente.

Algunos que tuvieron heroicas tareas en la fatídica noche son desconocidos u olvidados como Daniel Rodríguez Génes (más conocido como ministro), el canoero que, en esos momentos de angustia, desde el barrio Riacho llegó providencialmente con su canoa a la subprefectura por la curiosidad de conocer porqué las luces de la ciudad no estaban encendidas. En el lugar se encontró con el padre José Kreuser y Jorge Memmel, quienes mojados y embarrados llegaron desde la Villa Alta con la intención de cruzar al otro lado de la orilla para pedir auxilio a los posadeños.

Consciente de la gravedad de la situación y sin dudar puso a disposición su canoa Nerón, su fiel compañera. Don Ministro entonces tenía 25 años cruzando el Paraná. Los tres se acercaron hasta la orilla y subieron al bote. Se acomodó con los remos, el sacerdote se sentó en la proa y su compañero navegante en la popa. Puso en dirección a Posadas y sus brazos comenzaron a poner en marcha los remos que deslizaban su embarcación. Nerón era un bote liviano, especial para tener velocidad. Fue de esa manera que rápidamente llegaron al puerto de Posadas. Ministro los bajó y retornó, por eso la historia no lo registró.

Salvador Más y Martínez, español, anarquista y masón, fue vicecónsul del país ibérico. Fundó en Encarnación una biblioteca, promovió el teatro, y en el patio de su domicilio se creó el Club Nacional. Uno de sus hijos, Ignacio Más participó con Obdulio Barthe en la Toma de Encarnación, en 1931. Era presidente de la Honorable Junta Municipal cuando ocurrió la tragedia. Se constituyó en el cementerio para dirigir personalmente los trabajos de sepultar muertos, cavando fosas con palas, picos y azadas. Permaneció en el camposanto con algunos funcionarios municipales durante 72 horas con tan penoso deber de disponer las medidas necesarias para evitar la aglomeración de cadáveres, pero al final tuvo que ordenar sepultar en tumbas NN al no poder seguir registrando los nombres de los fallecidos en descomposición.

Ángel Celso Clérici Fernández, quien como intendente administró la municipalidad durante 13 años y 4 meses, reconstruyó la ciudad, luego del infortunio que sufrió. La ingratitud ciudadana, sumado a la mezquindad política, condenaron su nombre al olvido. Nadie se ocupó de reivindicarlo, aunque sea proponiendo que una calle o plaza lleve su nombre.

El doctor Eligio Ayala, que parte de su adolescencia vivió en esta ciudad era el presidente de la República. El día 22 de septiembre expidió el Decreto Nº 24.997 Que autoriza la inversión de 600.000 pesos de curso legal para proveer al socorro de las víctimas de la catástrofe de la ciudad de Encarnación. Dispuso que se equipara inmediatamente un tren de socorros en el que se trasladaron, el vicepresidente de la República Dr. Manuel Burgos, el ministro del Interior Dr. Belisario Rivarola y el presidente de la Cámara de Diputados, Dr. José Patricio Guggiari.

Además de funcionarios públicos, médicos, practicantes, periodistas y particulares, el mayor Luis Irrazábal al mando de una tropa del regimiento de Paraguarí se unió al grupo para establecer la asistencia de los heridos y el sostenimiento de la población en desgracia. Trajeron medicamentos, ropas y víveres en bastante cantidad. El tren que normalmente hacía el trayecto en 14 horas, el convoy que partió esa tarde con los voluntarios llegó en tiempo récord: 7 horas.

Mudos testigos de la catástrofe

Encarnación después de ese luctuoso suceso, ya no fue la misma. En su edición del sábado 25 de septiembre de 1926, El Diario publicó un artículo en el que manifestaba preocupación por la masiva emigración de la gente que perdió todo; hogar, familia, bienes y hasta el sentido de la vida. “Muchas personas deambulaban por las calles de la desolada ciudad, entre escombros y olor a cadáver sin saber qué hacer”, describió el periodista que cubrió la desgracia. Muchas familias fueron a residir en Posadas y otras a sus pueblos de origen.

Durante mucho tiempo, gruesos pilares rotos y hierros retorcidos, fueron mudos testigos de la catástrofe cuyos restos permanecieron hasta el 2010 en que ocurrió la segunda y definitiva desaparición de la vieja ciudad con las obras complementarias de la Represa de Yacyretá para dar paso a la hoy admirada y visitada capital del verano. En la actualidad esta tragedia prácticamente ya no se conoce, porque fue borrándose lentamente bajo el manto de la codicia consumista de las nuevas generaciones. La lucha por tener cada vez más y la permisividad de los que asumieron como autoridades dejaron de lado este hecho que marcó a la ciudad.




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