Mi finado padre recordaba las caminatas desde Loma Pytá hasta Trinidad, para ver una película en el cine Cañisá, como todo un acontecimiento de los jóvenes de su tiempo. Contaba eso muchas veces, y en especial cuando caminábamos desde nuestra casa frente a la ruta Transchaco hasta el club 24 de Junio para ver lo que se proyectaba por la pared cada semana. Eran tiempos en que los cines barriales formaban parte de nuestras vidas. Dice el sociólogo Mario Margulis: “La ciudad es inteligible para sus habitantes que poseen los códigos que les permiten descifrar y apreciar. Esta inteligibilidad varía según el vínculo que el ciudadano tenga con cada lugar de la ciudad, con la historia y memoria que lo relaciona en forma intelectual y afectiva con cada sitio, calle o barrio”. Recordé estas líneas al enterarme de que el Cañisá volvería a proyectar cine.
Asunción es una ciudad maltratada en todo sentido, en buena parte por sus autoridades municipales y en cierta parte por sus propios habitantes. De tal maltrato, uno de los más tristes es la destrucción sistemática de sus sitios históricos, de sus “lugares de memoria” (Pierre Nora). Sistemáticamente fue perdiendo los sitios con significado epocal a cambio de una lógica desarrollista que en realidad fue una irracionalidad. El resultado es una ciudad pobre en puntos turísticos, inhospitalaria para el turista y para el propio asunceno.
Un sitio como el cine Cañisá, en cualquier ciudad con autoridades sensibles e inteligentes, hubiese sido parte de todo un programa de rescate cultural y artístico. Pero otros emprendimientos han sido la prioridad. Trinidad y otros barrios han visto perder sus sitios identitarios a costa de grandes edificios, shoppings y cadenas multinacionales de fast food. “El nuevo rascacielos que altera el cielo familiar, la irrupción en la calle de la infancia de nuevos comercios, edificios que alteran el paisaje preservado en la memoria, la apertura en el barrio de una avenida o una vía rápida se experimentan como un ataque frente al que no hay derecho a la defensa. ¿Existe un derecho al paisaje urbano familiar, a la memoria? ¿Es posible oponer obstáculos a la expropiación del capital simbólico del barrio?”, pregunta Margulis.
El resurgir del cine Cañisá no debe verse solamente como un salto al pasado de una ciudad que se añora, sino como un acto simbólico desesperado que quiere indicarnos que una ciudad sin memoria es una ciudad condenada a la muerte fría del asfalto, el blindex y el cemento.