Por Robert Samuelson
WASHINGTON – Steve Schwarzman, que apareció recientemente en la tapa de Fortune, es “el nuevo rey de Wall Street”, según dicha revista. Schwarzman dirige el Grupo Blackstone, una gran firma de “patrimonio privado” (private equity). En la caja de herramientas del capitalismo, el patrimonio privado es la última llave inglesa. Ha enriquecido a mucha gente. En 2006, Forbes colocó a Schwarzman en el 73° lugar de la lista de los 400 norteamericanos más ricos, con una fortuna de 3.500 millones de dólares. La cuestión es si el patrimonio privado es beneficioso para el país.
El capitalismo moderno presenta marcados contrastes. Por un lado, está dominado por empresas masivas, que tienden a convertirse en costosas burocracias. Por el otro, estas firmas gigantes son vigiladas, cada vez con mayor celo, por accionistas activistas –entre los que están las firmas de patrimonio privado– que se concentran, resueltamente, en las ganancias. Según sus defensores, el patrimonio privado obliga a que las empresas reduzcan los costos y mejoren la eficiencia, por lo que se merecen las ganancias. Según sus críticos, las ganancias fluyen, principalmente, de cargar a las empresas de deuda, y el patrimonio privado es una estafa sofisticada, que a menudo tima a los accionistas ordinarios.
Empecemos por lo básico. El patrimonio privado se refiere a la práctica de grupos de inversores –las firmas de patrimonio privado– que compran todas las acciones, que se comercien públicamente, de una empresa que hayan convertido en su blanco. Después se dice que estas empresas se “vuelven privadas”. Generalmente, eso se lleva a cabo con gran cantidad de dinero prestado, lo que explica la causa por la que este mismo proceso, en la década de 1980, se conocía como “adquisición apalancada” (leveraged buyout, o LBOs, siglas en inglés); el apalancamiento se refiere a los préstamos. Cualquiera sea el nombre con que se las denomine, estas compras están otra vez en auge. En 2006, las firmas de patrimonio privado compraron 654 empresas norteamericanas, por una cantidad récord de 375 mil millones de dólares, expresa Thomson Financial. Esa suma representó 18 veces el nivel de 2003.
Nueve de las 10 mayores adquisiciones tuvieron lugar durante este año pasado. La lista incluye algunos nombres de corporaciones conocidos: HCA, la cadena de hospitales; y Univisión, la red de televisión en español. El ritmo podría acelerarse, porque ha entrado abundante dinero en los fondos de patrimonio privado, dirigidos por empresas como Blackstone, Kohlberg Kravis Roberts & Co. y el Grupo Carlyle. Entre los inversores de los fondos de patrimonio privado hay individuos acaudalados, compañías de seguros, legados de universidades y fondos de pensiones. El actual auge está generado por el crédito barato y por la perspectiva de grandes ganancias. En el curso de los últimos 20 años, las firmas que practican estas adquisiciones han promediado beneficios anuales del 13,2 por ciento, expresa Thomson. En cambio, las acciones del índice de Standard & Poor 500 han promediado solo un 9,7 por ciento.
¿Pero cómo se logran estas ganancias superiores? ¿Se mejoran las empresas permanentemente –un proceso que en última instancia conduciría a un estándar de vida superior–? ¿O son ganancias de corto plazo, reflejo de la magia de la deuda? El grupo Carlyle proporciona algunos casos hipotéticos y simplificados que destacan las diferencias. En cada ejemplo, la empresa que “se vuelve privada” tiene 10 millones de dólares de ganancias anuales y se la compra por 10 veces esa cantidad o 100 millones de dólares. La firma de patrimonio privado pone 30 millones y saca un préstamo de 70 millones de dólares.
En el caso uno, las ganancias no crecen. Cinco años más tarde, siguen siendo de 10 millones de dólares anuales. Pero las ganancias se han utilizado para pagar 30 millones de la deuda. (Los impuestos más bajos ayudan, porque el pago de los intereses es deducible de los impuestos.) Después se vuelve a vender la empresa por los mismos 100 millones de dólares. Pero la firma de patrimonio privado ha duplicado su inversión original de 30 millones. Usa 40 millones para pagar la deuda restante y se queda con 60 millones de dólares.
Supongamos ahora que las ganancias aumentan a 15 millones, después de cinco años. La firma de patrimonio privado es un propietario exigente. Elimina el jet corporativo, despide a ejecutivos de nivel medio, cierra operaciones que den pérdidas e invierte en productos nuevos. La empresa aun se vende por 10 veces las ganancias, pero ahora esa suma es de 150 millones de dólares. Después de pagar la deuda de 70 millones, la firma de patrimonio privado tiene 80 millones –casi tres veces su inversión original–.
La utilidad social del patrimonio privado depende de si una administración más eficaz eclipsa el efecto de la deuda. Las opiniones están divididas. “En el balance, el patrimonio privado aumenta la eficiencia”, dice el economista Steven Kaplan, de la Universidad de Chicago. “Lo hizo, sin duda, en los años 80”. En ese momento las LBOs ayudaron a dividir conglomerados difíciles de manejar. Pero los escépticos actuales no son solamente del estilo anti-empresarial. En un informe titulado “La Gran Transferencia de Riqueza”, el estratega Henry McVey, de Morgan Stanely, sostiene que las firmas de patrimonio privado explotan, principalmente, la aversión de los administradores corporativos a la deuda. Los accionistas ordinarios pierden, porque los precios de las adquisiciones son demasiado bajos.
El capitalismo siempre ha tenido dos caras: por un lado, es un ejercicio de codicia personal; y, por el otro, es un esfuerzo colectivo para elevar el estándar de vida. El patrimonio privado es un reflejo de esa confusión. Los administradores de las firmas de patrimonio privado reciben generosas tarifas para sí mismos (típicamente el 20 por ciento de las ganancias y entre el 1,5 y 2 por ciento de los bienes administrados). Ello limita las ganancias de otros inversores. Mientras tanto, el auge de estas adquisiciones actuales empequeñece tanto cualquier otro fenómeno pasado, que sus beneficios colectivos no están nada claros. Unos pocos hechos adversos (tasas de interés más altas, una aguda recesión) podrían sabotear muchos negocios. Si la actual bonanza de estas compras se convierte en el descalabro de las hipotecas de riesgo del mañana, la nueva realeza de Wall Street podría quedar destronada.
(c) 2007, Washington Post Writers Group.