26 oct 2026

El asistencialismo de la SAS es pernicioso porque carece de estímulos para trabajar

Mientras la Secretaría de Acción Social (SAS) ponga énfasis en la distribución de dinero a los sectores de extrema pobreza sin un programa de creación de fuentes de trabajo - o de retorno a labores agrícola-ganaderas- , su tarea será asistencialista. Sus beneficiarios se alimentarán mientras reciban los desembolsos, pero cuando se queden sin ellos sufrirán más, porque habrán perdido el hábito de ganarse el pan trabajando. Es necesario dar un valor agregado a lo que se entrega para que la asistencia pueda ser sustituida por una madura autogestión.

Imagen - Editorial

Toda acción humana se desarrolla en el marco de una cultura. En ese mundo con- viven valores y antivalores, logros y frustraciones, optimismos y desesperanzas. Por lo tanto, cualquier programa de gobierno que pretenda ser sustentable en el tiempo - es decir, lograr que las personas, sin la tutela de las instituciones del Estado, con- sigan los objetivos fundamentales de cualquier persona que vive con dignidad- tie- ne que considerar las coordenadas culturales.

La cultura campesina, durante mucho tiempo, estuvo sustentada por una pobreza no extrema basada en la tenencia de la tierra - aun cuando no la titulase- , el trabajo en labores agrícola-ganaderas y cierto bienestar, entendido este como la satisfacción eficiente de la alimentación y lo propio de una economía austera.

Con el aumento de la cantidad de habitantes y la expansión de la frontera agrí- cola-ganadera impuesta por los dueños de grandes propiedades, aquellos pobres de buen pasar disminuyeron su calidad de vida. Muchos de sus hijos y nietos, a esta al- tura, ya están en la franja del 20 por ciento que a duras penas sobrevive porque ni si- quiera cuenta con lo elemental para subsistir.

La necesidad de supervivencia de esas personas les ha llevado a dejar de lado sus normas tradicionales y a asumir otras. En una palabra, les ha cambiado la vida. Hoy sus valores y expectativas son otros. Organizados o no, conciben que el Estado les tie- ne que ayudar sin que haya una contraprestación de su parte. Esa es la nueva cultura que va ampliándose paulatinamente.

En ese contexto de culturas reconstruidas en base a otros parámetros es que apa- reció la ayuda estatal en tiempos del gobierno de Nicanor Duarte Frutos. Los actuales administradores de la cosa pública han elevado el número de beneficiarios de 15 mil a 120 mil familias. Su pretensión es llegar a 150 mil.

Si bien la exigua suma de dinero que recibe bimensualmente cada núcleo familiar ha dado respuesta a lo más ineludible, que es la alimentación, sus consecuencias no van más allá de eso. No existe una evaluación que pueda decir que las familias bene- ficiarias cumplan como se debe la contrapartida de enviar a los niños a la escuela y la atención de su salud.

Así como está, Tekoporã es solo un mecanismo asistencialista que carece de pro- yección de futuro. Es más: dado que se circunscribe al reparto de dinero de la forma más acelerada posible, no deja de tener un tufo de propaganda política. El Fondo de Inversión Social (FIS) carece de la trascendencia y la eficacia que pudieran hacer pen- sar que servirá de complemento para lograr lo que a aquel emprendimiento le falta para poner en marcha el desarrollo campesino.

Si el Gobierno tuviese la verdadera intención de promocionar a las personas, hu- biera puesto en marcha programas zonales de funcionamiento de industrias para la generación de fuentes de trabajo, la recuperación de la agricultura y la ganadería familiares, la recom- posición de una cultura basada en el respeto y la solidaridad, el aseguramiento de la tierra, la capacitación y educación de adultos. Eso es lo que va a llevar a la formación de un capi- tal humano y social sustentable, no el mero reparto de plata.

La lucha contra la pobreza no será eficaz si, al cabo de los tres años de gobierno res- tantes, la gente solo espera y no da su aporte de trabajo, empeño y reales ganas de salir de la limitación que la mantiene al margen de la sociedad local y globalizada. Ahora que ya tiene el pescado en su mesa, lo que resta es enseñarle a pescar, para que dentro de poco deje de depender del proveedor paternalista.