Por Miguel Ángel Ortiz Granada
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Charlas con varios amigos me revelaron el grado insospechadamente amplio de opiniones diversas y divergentes que existen en el ámbito de la Iglesia Católica con respecto a la renuncia de Fernando Lugo a su condición de obispo y a su incursión en política.
Desde críticas ácidas y sumamente duras en torno a la decisión del ex diocesano de San Pedro del Ycuamandyyú, hasta aplausos vehementes al “paso de coraje de quien abandona una posición de observador para involucrarse en un mundo pesado y escabroso”, como la calificó un ex alumno de colegios jesuitas.
La indisimulada coexistencia de dos alas en el catolicismo, más evidente en países latinoamericanos que en los europeos, tuvo en Paraguay escasa evidencia. La Jerarquía eclesial nacional navegó siempre en aguas tranquilas, con algunas tonalidades más cercanas hacia una u otra vertiente, dependiendo de quién era el Arzobispo de Asunción, cabeza de hecho del catolicismo paraguayo hasta hace unas décadas.
Pero la decisión de Lugo, quizás uno de los exponentes más claramente cercanos al ala progresista de la Iglesia en la historia religiosa paraguaya, rompió la tranquilidad de las aguas y lanza señales de que puede producirse alguna división.
Ni siquiera en la Conferencia Episcopal, organismo que reúne a todos los obispos del país, se ocultan las divergencias. Mientras el obispo de Misiones y Ñeembucú, monseñor Mario Melanio Medina, aplaudió –con zapateo incluido– la opción de Fernando Lugo, el obispo de Ciudad del Este, monseñor Ricardo Rogelio Livieres Plano –de las filas del Opus Dei–, poco menos que la condenó por herejía.
Ante la divergencia generada por una postura tan trascendente –renuncia de un obispo a su voto sagrado y participación en política activa de un consagrado–, sería muy importante conocer la postura oficial de la Iglesia. Puede ayudar a calmar las aguas en su feligresía.