Con la primavera llegaron las manifestaciones de más aceptación popular de los últimos tiempos: los estudiantes pidiendo cambios de calidad en la educación. El fin de la corrupción impune. El inicio de algo nuevo y mejor. Los cantos, las sentatas, los discursos apuntan hoy a dinamitar las estructuras y para algunos no queda de otra que demoler para volver a empezar.
En 1968 pasó algo similar en la zona Norte del mundo. Tantos jóvenes salieron a las calles, con sus mensajes de paz y amor, y prohibido prohibir. Una verdadera llama de deseo de cambios estructurales... Le llamaron primavera... Hoy muchos de los que lucharon con uñas y dientes por aquel ideal de apertura universal, lastimosamente, están firmando documentos para que, por ejemplo, los inmigrantes movilizados por guerras y persecuciones religiosas, no solo sirios sino de varios sitios del mundo, no ingresen sino en pequeños cupos a su sociedad del bienestar burgués. Rechazan a los niños y a los ancianos con leyes crueles. Nos llaman Tercer Mundo con cierto aire de superioridad y hacen planes sobre el uso de nuestros recursos naturales sin contar mucho con nosotros... Ese mundo algo frío y decadente que en su “primavera” quisieron convertir en cuna de la bella libertad y residencia de la generosa solidaridad universal. ¿Qué sucedió? ¿No fue acaso auténtico aquel deseo que los movió a las calles a protestar por un mundo más humano? Yo creo que ellos tenían el mismo punto de inicio en sus manifestaciones: el corazón humano que está lleno de deseos de justicia, libertad, belleza, solidaridad...
¿Quién puede aprisionar el deseo humano? Definitivamente, el poder de turno no. Y es bueno que este deseo nazca y se manifieste, como las flores en la primavera. Pero, cuidado, el realismo nos dice que la vida comprende varias estaciones. Cada una debe cumplir su misión y dejar su efecto benéfico. Los adolescentes y jóvenes con su entusiasmo y su desinteresada persistencia nos dan un ejemplo bello. Pero también esto nos debe invitar a los adultos a retomar nuestra parte. La prudencia que solo la experiencia de vida puede forjar. El consejo y la guía que permitan llegar a algo aún más impactante que solo ver desplomarse un edificio viejo e inútil como lo es la estructura de prebendarismo, el nepotismo y el mbarete. Como una estación sigue a la otra para el bien de la naturaleza, los adultos debemos tomar la posta y trabajar en serio. De lo contrario, el día después de mañana, cuando caiga el edificio que hoy se dinamita, el ímpetu inicial puede convertirse en una verdadera dictadura del capricho, en la superficialidad de una emotividad que no llega lejos sin la razón. Sería triste destruir lo viejo si no podemos construir algo nuevo y mejor. Animémonos a poner en juego nuestra experiencia y sacrificio en servicio de una verdadera reconstrucción moral.