Correo Semanal

Desde las lagunas de la memoria hacia la catarsis de la escritura

La casa de la calle 22 es la nueva novela de Susana Gertopán, presentada por Editorial Rosalba, del escritor Javier Viveros, que empieza a publicar narrativa, además de literatura infantil y cómics. Dos catedráticas francesas destacan los méritos de la obra.

Manon Naro
Doctoranda en Estudios Iberoamericanos Universidad de Burdeos(Francia)

La casa de la calle 22 engancha al lector desde las primeras líneas, y hasta desde la primera palabra: “Ema”.

El lector ya intuye que Ema será el personaje central de la novela y de la vida de la protagonista. Es como si su presencia invadiera todo el espacio, tanto el de las páginas como el de la imaginación. El primer capítulo en sí logra despertar el interés de los lectores.

Me pareció que era una especie de pacto de lectura en que se le entrega al lector pistas de interpretación: la importancia de las fotos como materialización del recuerdo, la puesta en escena del quehacer literario y la porosidad entre ficción y realidad, luz y oscuridad. Sentí también que se anunciaba ya la postura autorial: escribir desde las lagunas de la memoria y afirmar el papel catártico de la escritura.

Creo que una de las grandes fuerzas de la novela radica en esa fusión constante entre realidad y ficción que se ve asociada a la fusión entre pasado y presente. Ya no existen fronteras entre escritora, narradora, lectora y personaje. Nina encarna todos esos papeles, lo que enriquece la trama de la historia y las interpretaciones que puede hacer el lector. Para retomar un término propio del teatro, me parece que aquí el relato rompe con la cuarta pared y desvela, en un impulso de sinceridad, los entresijos del proceso de escritura.

UN VIAJE AL PASADO

La sinceridad es también el hilo conductor que anima a Nina en su búsqueda: va despojándose de las trabas y de los discursos impuestos en un viaje al pasado y a Vilna que la acerca más a sí misma.

La remembranza es otra ley que estructura el relato. El vaivén constante entre pasado y presente, que se percibe en la ausencia de un desarrollo literario cronológico y en la alternancia muy rápida de los tiempos verbales presente y pretérito, revela que el recuerdo actúa como una fuerza de atracción que sume a Nina y al lector, para bien y para mal, en otra vida.

Tanto la remembranza como la escritura parecen ser un camino iniciático que se asemeja al trabajo de duelo. Estos dos procedimientos en los que se eliminan las fronteras entre realidad y ficción conducen también a otro tipo de fusión: el de Nina y Ema. Es como si Nina siguiera los pasos de Ema, reproduciendo sus costumbres (como cuando camina descalza) y llegando a imaginarse en su lugar.

El final de la novela es como la concretización del duelo: por fin se pueden separar las dos mujeres. Nina vuelve a sentirse ella misma y se pueden diferenciar ficción y realidad. Dos fragmentos de la novela recalcan esta idea. Se trata primero del capítulo 77 cuando Nina abandona al personaje de Fatum y lo relega a su papel puramente ficcional, liberándose así del peso del destino.

El segundo fragmento viene en el capítulo siguiente cuando se disocia primero a Ema como personaje en la vida de Nina y como personaje de su futura novela y luego a Nina como protagonista y personaje de la novela que va a narrar.

Así dice la novela:

“Retornaré a la fantasía, al escape de la realidad. Mi memoria había guardado el momento en el que a mi padre se le ocurrió invitar a la vieja de la casa de enfrente a pasar con nosotros Rosha Shaná. Y aquel recuerdo fue el que en algún momento me impulsó a que yo buscara refugio en la casa de esa vieja, rechazada por mi madre. ¿Habría sido un acto de rebeldía el haber cruzado, como para desafiar a mi madre, o es que la mirada de la vieja sedujo a una niña, emocionalmente, desamparada? El desamparo de la vieja sedujo al de la niña”.

REFLEXIÓN METALITERARIA

Aquí parece empezar la novela que quiere escribir Nina y surge, ante la mirada atenta del lector, el primer capítulo de esta novela. En este fragmento, Nina recuerda el momento en que vio a Ema por primera vez a través de los ojos de su padre y luego cómo llegó a conocerla. Pero ocurre algo muy interesante en la narración: esta vez Ema no aparece como Ema, ese ser humano tan admirado, sino como “la vieja”. Se produce una distanciación entre Nina y Ema que se concretiza en las frases siguientes: “El desamparo de la vieja sedujo al de la niña”.

Ahora tanto Ema como Nina se transforman en personajes exteriores a la realidad de la Nina adulta y narradora.

En varios momentos, la novela parece jugar con el modelo de la novela enmarcada, pero borrando las delimitaciones claras entre la novela marco y la novela insertada. Es esa porosidad justamente la que permite una reflexión metaliteraria en la que la escritura se presenta entonces como salvación y liberación del ser humano.

Los personajes de la novela que quiere escribir Nina se presentan a ella casi como seres de carne y hueso o más bien como fantasmas que invaden su realidad. Están siempre a su lado y ella los observa y hasta comunica con ellos. Así se establece un diálogo con el proceso mismo de escritura que puede observar el lector-espectador.




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