”...Él les dijo: “Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco. Porque eran tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer...”
Marcos 6, 30-34
Muchos días, quizá en largas temporadas, sentiremos la dureza de no encontrarnos bien y de tener que sacar adelante el negocio, la casa, el estudio... No nos debe desconcertar nuestra situación: es parte de la flaqueza humana y señal muchas veces de que trabajamos con intensidad. “Vienen días -confesaba Santa Teresa con gran sencillez- que sola la palabra me aflige y querría irme del mundo, porque me parece me cansa todo”. También esos momentos deben ser para Dios, también en esas situaciones el Señor está muy cerca, y quiere que tomemos las medidas que en cada caso sean oportunas: acudir al médico, si es necesario, y obedecer sus indicaciones; dormir un poco más; dar un paseo o leer un libro sano... Son circunstancias que el Señor permite para que ahondemos en el desprendimiento de la propia salud, para crecer en caridad, esforzándonos por sonreír, aunque nos resulte costoso, incluso muy costoso. El ofrecimiento de esa situación a Dios puede ser de un valor sobrenatural de gran mérito, aunque el corazón parezca seco y sin fuerzas para los actos de piedad.
Venid vosotros... y descansad un poco, nos dice el Maestro. Lejos de centrar la atención en el propio yo, también en el descanso buscamos a Cristo, porque en el Amor no existen vacaciones. “A cualquier lugar que se dirija el hombre, si no se apoya en Dios, hallará siempre dolor”, nos advierte San Agustín. Al menos el dolor de haberle dejado a Él a un lado.
El tiempo de vacaciones no debemos emplearlo en no hacer nada. “Descanso significa represar: acopiar fuerzas, ideales, planes... En pocas palabras: cambiar de ocupación, para volver después -con nuevos bríos- al quehacer habitual. Ese tiempo ha de suponer un enriquecimiento interior, consecuencia de haber amado a Dios, de haber cuidado con esmero las normas de piedad, y de haber vivido también la entrega a los demás, tratando de fomentar el olvido de nosotros mismos; deben ser días en los que especialmente procuramos hacer la vida más amable a quienes nos rodean. Su alegría y su felicidad constituirán una buena parte de nuestro descanso.
Hoy son muchos quienes dejan su vida sobrenatural a un lado al elegir, imprudentemente, lugares de vacaciones donde el ambiente moral se ha degradado de tal modo que un buen cristiano no puede frecuentarlo, si desea ser consecuente con su vida cristiana. Sería triste que una persona que habitualmente vive de cara a Dios aprobase con su presencia el triste espectáculo de esos ambientes y se expusiera gravemente a ofender al Señor. Más grave sería, si se tratara de unos padres, cooperar a que sus hijos y las personas que de ellos dependen sufrieran en sus almas un daño, muchas veces irreparable: cargarían sobre sus conciencias los pecados propios y los de los hijos.
A muchos podría decir el Señor: "¿Por qué sigues caminando por caminos difíciles y penosos? El descanso no está donde tú lo buscas. Haces bien en buscar lo que buscas; pero debes saber que no está donde lo buscas. Buscas la vida feliz en la región de la muerte. ¡No está allí! ¿Cómo es posible que haya vida feliz donde ni siquiera hay vida?”
Aunque en algunos ambientes se haya olvidado la doctrina moral de la cooperación al mal, nosotros, que deseamos ser buenos cristianos y que muchos otros lo sean, la recordaremos, con oportunidad y con espíritu positivo, a nuestros amigos y compañeros. No olvidemos que, aunque el descanso es un deber, no lo es de un modo absoluto, y que el bien del alma, propia y ajena, está por encima del bien corporal. En un cristiano que desea conducirse en unidad de vida, no quiere Dios un tiempo en el que reponerse físicamente significara para el alma quedar enferma, rota o, al menos, empobrecida. Además, con un poco de buena voluntad, siempre será posible encontrar o crear lugares y modos en los que se pueda descansar teniendo a Dios muy cerca, en nuestra alma en gracia, aprovechar el tiempo para reforzar amistades y realizar un apostolado fecundo.
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