08 abr. 2026

David & Goliath S.A.

Por un Estado Palestino. Un niño parece jugar o rezar sobre una bandera palestina. | EFE

El prolongado y desigual pleito entre Israel y Palestina (nombre reciente para una región antigua llamada antes Canaán) no es nada nuevo y recuerda un poco a una patota de musculitos anabolizados maltratando a minusválidos y alfeñiques indefensos. Los viejos israelitas entraron (de acuerdo a las leyendas del Antiguo Testamento, aunque nunca comprobadas históricamente por las ciencias) en Canaán a sangre, fuego y espada, provenientes de Egipto (“Éxodo”), aunque estos eran originarios de Ur de Lagash, actual Iraq.

Según los hebreos, su dios Yahvéh (Iod He Vau He, en escritura alefata) las entregó como prenda de un pacto o alianza, y se la quitaron a los moradores originarios: heteos (hititas), jebuseos, amorreos, filisteos (philistim, de origen greco-dórico, cuya capital era Gaza, justamente), cananeos, amonitas, madianitas, algunos que otros sirios y otros nativos agricultores y pastores.

Tras afianzarse manu militari en esa tierra, regada por el Jordán y el lago Genezareth (Tiberíades), pero de escasa fertilidad salvo para vides, olivos e higueras, sostuvieron entre Israel y Judá largas guerras durante el periodo de los reyes, hasta ser sometidos por Nabucodonosor de Caldea. En realidad, lo que hizo Nabucodonosor fue devolverlos a su lugar originario, en Caldea, aunque en calidad de vasallos si no esclavos, tras destruir Jerusalem. No hay, fuera del Libro de los Reyes ninguna crónica histórica que corrobore todo esto. Luego de 70 años fueron liberados por el rey Ciro de Persia (los persas son arios) y devueltos a Canaán.

Judá estableció su reino en el norte, con Jerusalem como capital, en tanto que los israelitas de otras tribus rivales se establecieron en el sur con su capital Samri (Samaria), odiándose mutuamente desde entonces y envidiando los judíos del norte la prosperidad de los israelitas samaritanos a quienes, pese a ser de su sangre, detestaban cordialmente.

Luego de la decadencia de ambos estados, vino la dominación macedonia de los tetrarcas (Antíoco Epífanes Pantócrator, uno de los generales de Alejandro Magno fue el fundador de esa dinastía), ya en época de los Macabeos (circa 320 a.C.). De esta dinastía descendían Herodes y sus hijos en los albores de la era cristiana, ya vasallos de Tiberio César, cuyo procónsul en la época citada era Poncio Pilatus (12 a.C.).

Posteriormente, vinieron varios levantamientos de los zelotes (zealoth o juramentados) contra los romanos, siendo aplastados todos, como el de Shmón Ben Gyoras y Menahem Bar Kochva (el hijo de la Estrella), sellada con la destrucción de Jerusalem y Masadá por el general Tito y la dispersión de los rebeldes (diáspora)... hasta la Declaración Balfour (Arthur James) de 1922 y el establecimiento de los hebreos nuevamente en esa tierra - ancestral y ajena pero ambicionada- llamada Palestina, ya a mediados del siglo XX.

Allí se inició el genocidio para el afianzamiento del nuevo estado que con el voto de Paraguay logró su reconocimiento en la ONU, anteriormente parte del imperio turco y luego protectorado británico. Son conocidas las masacres de Sabra y Chatila, campamentos de refugiados, por parte de Ariel Sharón y sus hordas, y no son los únicos casos de agresión contra civiles inermes.

Los palestinos fueron convertidos en parias, relegados a campos de refugiados y masacrados por las nuevas SS sionistas, con precisión administrativa y crueldad nazi, a pesar de las tibias protestas de las demás naciones europeas y la indiferencia de otras. Justo es mencionar que también los “protectores” ingleses fueron objetos de terrorismo por parte de las bandas Irgún y Stern, antes de retirarse de Palestina (1947), dejando cancha libre a los sionistas, quienes de terroristas contumaces pasaron a ser los héroes y próceres del nuevo Estado: Golda Meir, David Ben Gurión, Menahem Begin, Moshe Dayán y otros que no recuerdo ahora. El Holocausto se estaba invirtiendo en nombre del Altísimo.

Casi a fines del siglo XIX, el Movimiento Sionista fundado por Theodor Herzl solicitó a la República Argentina un trozo de la Patagonia para el establecimiento de un estado judío entre Argentina y Chile, solicitud denegada por ambos países, pese a que muchos gauchos eran de origen judío por entonces, que hasta popularizaron la vestimenta ashkenatzim: botas cortas, bombachos, chambergo aludo (schwamberg), facón y cinturón rastra con adornos de plata, amén de chalecos cortos y faja de lana para montar. Tan sólo el poncho fue herencia de los indígenas.

Estos inmigrantes llegaron provenientes de Europa oriental y Portugal dispersándose por la Pampa; algunos hasta cristianizándose con apellidos criollos, como Pereira, Moreira, Méndez, Tapia, Fontanarrosa, Humada, Paniagua, Herrera, Ferreira, Rojas, Pérez, León y muchos otros, a la usanza latina o sefardí.

Menciono esto porque de haber aceptado el Gobierno argentino tal solicitud, probablemente poco a poco se hubieran insertado como estado independiente geofágico y la Patagonia se hubiera convertido en un polvorín étnico y cultural, como es ahora Palestina con su Intifada de piedras contra misiles y tanques. Siempre con ayuda de Goliath (USA) y sus armas de destrucción masiva, que a eso van. Ahora son los palestinos. ¿A quiénes tocará ser los próximos blancos de un país pequeño apoyado incondicionalmente por los Estados Unidos y otros paisanos insertos en todas las naciones del mundo?

Lo curioso es que cuando los israelíes acusan a sus detractores o críticos de antisemitas, parecen ignorar que son ellos también antisemitas, ya que los palestinos son sus primos hermanos de la misma mala leche de Abraham y su esclava Aghar. Y, de acuerdo a lo visto y oído por este escriba que es testigo de los hechos del siglo XX, la cosa no tiene visos de detenerse, hasta destrucción o expulsión de todos los “incómodos” palestinos para quedarse con sus tierras ancestrales. Es que ellos tienen el capital en New York y ahora quieren la capital en Jerusalem y nada, aparentemente, los detendrá, pues se creen los “elegidos” del innombrable dios de Beth El.

No lo harán al menos, hasta que el último palestino haya sido expulsado o exterminados por David y su socio inmobiliario Goliath... para la gloria de Yahvéh y del Gran Arquitecto. Después les tocará a los demás; a los indiferentes ante el holocausto palestino cuando no abiertos partidarios de la causa de Israel - que no es la causa hebrea, sino sionista- , de quienes se creen los predestinados a gobernar el mundo por derecho divino; mediante el poder económico o por la fuerza bruta.

De hecho, muchos judíos están manifestándose ahora mismo - en contra de esa guerra desigual y cobarde- a favor de sus vecinos y de la paz definitiva. Otros han sido condenados como objetores de conciencia y por negarse a servir en esa maquinaria infernal llamada Fuerzas Israelíes de Defensa; entre ellos, un hermano de la ministra Tzipi Livni. Es que también los judíos sinceros repudian esta guerra asimétrica de exterminio impulsada por los halcones sionistas, que han legalizado la tortura y el genocidio como técnicas de terrorismo de Estado.

¿A quiénes tocará ser los próximos blancos de un país pequeño, apoyado incondicionalmente por los Estados Unidos y otros paisanos insertos en todas las naciones del mundo?

Opinión

Chéster Swann

Escritor

cheswann@gmail.com