26 abr. 2026

Cuando la prostitución era un arte

París, 22 sep (EFE).- Más allá de la sífilis, de la absenta o de su dudosa reputación, hubo un tiempo en que los lupanares y las prostitutas nutrieron de inspiración a los artistas que superpoblaban París en el siglo XIX, una época que queda reflejada en una exposición en el Museo d’Orsay.

Fotografía facilitada por el Museo d'Orsay que muestra la obra de Paul Cezanne "La tentación de San Antonio" perteneciente a la muestra "Esplendores y miserias. Imágenes de la prostitución 1850-1910", inaugurada hoy en París. EFE

Fotografía facilitada por el Museo d’Orsay que muestra la obra de Paul Cezanne “La tentación de San Antonio” perteneciente a la muestra “Esplendores y miserias. Imágenes de la prostitución 1850-1910", inaugurada hoy en París. EFE

En ese tiempo, no solo circunscrita a los burdeles, la prostitución se infiltraba por todos los poros de la ciudad y hasta se legalizaba su práctica por ser considerada “un mal necesario para aplacar la brutalidad de las pasiones del hombre”.

Sobre ese tiempo, el Museo d’Orsay -en colaboración con el Museo Van Gogh de Amsterdam- arroja a partir de hoy y hasta el 17 de enero una mirada documentada y profunda en la exposición “Esplendores y miserias. Imágenes de la prostitución 1850-1910".

Resulta difícil pensar en un pintor de esa época gloriosa para el arte que no posara sus ojos en un momento u otro en aquellas meretrices, a las que lo mismo se puede encontrar en una calle al salir de trabajar, en un café ante un vaso de absenta o en un prostíbulo jugando a las cartas hasta que llegue el próximo cliente.

Los muros de la cuidada selección del Orsay acogen obras de Paul Cézanne, Édouard Manet, Edgar Degas, Vincent Van Gogh, Frantisek Kupka, Edvard Munch o Pablo Picasso.

Y por supuesto, delante de todos, el nombre que salta como un resorte en cualquier viaje mental al París finisecular del Moulin Rouge y el Folies Bergere: Henri de Toulouse-Lautrec.

Las prostitutas de Toulouse-Lautrec, recuerdan los comisarios de la exposición, no son “femmes fatales” ni víctimas, sino mujeres con un oficio que muchas veces combinan con otro de mayor reputación durante el día.

Por eso, tan pronto desprenden melancolía camino de su trabajo (“La esfinge”), como aburrimiento mientras matan el tiempo (“Au salon, le divan”), o concentración para tratar de obtener algo de dinero y así saldar sus deudas con la “madame” (“La partie de cartes”).

Tampoco es extraño que alguna de las obras del genio enano (“Tête de prostituée”) acabase colgada como decoración de uno de sus lupanares favoritos, el de la parisina calle Amboise.

La prostitución era para aquellos artistas un laboratorio en el que buscaban un tema moderno por excelencia y acceder al desnudo femenino, explican los comisarios.

Por eso, el Orsay recoge la evolución histórica del oficio entre el Segundo Imperio y la Belle Époque, cuando pasó de la regularización de las llamadas “casas de tolerancia” a la progresiva prohibición debido al auge de su práctica clandestina, cada vez más extendida.

De las núbiles bailarinas de Degas -muchas veces expuestas como mercancía con objetivos inconfesables- a las “aristócratas del vicio” como la actriz Sarah Bernhardt, no es fácil dibujar las fronteras de la prostitución en el siglo XIX.

La exhuberante manifestación pictórica se fusiona con una parte más documental, en la que tan pronto se pueden contemplar fotografías y películas pornográficas como descubrir un arcaico preservativo en su envoltorio.

Un denso cortinaje deja paso a un par de salas escasamente iluminadas en las que se proyectan (prohibido el paso a menores de 18 años) rudimentarios filmes eróticos que han aportado el componente de polémica para una exposición que se quiere procaz.

Tan procaz como la lujosa silla dispuesta para el fornicio de dos mujeres al mismo tiempo que se procuró el rey británico Eduardo VII cuando aún era príncipe de Gales, en el cambio de siglo.

O como las tarjetas de visita que ya entonces anunciaban un “Masaje higiénico. Nuevo método” de dos modalidades, ruso o sueco.

O como el anuario Reirum de 1890, que por 5,50 francos ofrecía las direcciones de los mejores burdeles de Francia, Túnez y Argelia, además de los de las principales ciudades de España o Italia.

Y ligada siempre a este comercio de los cuerpos, la temida sífilis también logra hacerse un hueco en medio del arte, con fotografías que documentan sus estragos sobre los enfermos de aquella época.

“Prostituir -reflexionan los comisarios- significa literalmente exponerse al público, así que no es sorprendente esa confluencia entre los mundos del arte y la prostitución en el siglo XIX y comienzos del XX”.

Por Enrique Rubio

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