Opinión

Crecimiento sin calidad de vida

Iván Lisboa – ilisboa@uhora.com.py

Paraguay ha experimentado muy buenos resultados en –por lo menos– los últimos 10 años si hablamos de expansión de su producto interno bruto (PIB).

Con un promedio aproximado de incremento del 4% anual, nuestro país se ha posicionado como uno de los más prósperos en la región, con un crecimiento sostenido y una sensación de estabilidad macroeconómica que hizo que nos ganásemos más de un aplauso a nivel internacional.

El PIB está definido como un indicador que mide básicamente la riqueza que genera un país. En el caso paraguayo, ese crecimiento se ha sustentado y sostenido por el desempeño del sector primario, principalmente, de los rubros agrícolas y ganaderos, de acuerdo con los reportes de Banco Central.

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El buen desempeño a nivel macroeconómico y la aplicación de la regla fiscal en los últimos años, entre otros factores, han permitido que nuestro país esté posicionado a un escalón del grado de inversión según prestigiosas calificadoras de riesgo, lo que ha llevado a obtener masivo financiamiento externo a condiciones ventajosas para ir reduciendo las brechas que heredamos de la dictadura y que siguen bien vigentes hasta el día de hoy.

También permitió una mayor inversión extranjera directa, la instalación de numerosas multinacionales y por supuesto una mayor industrialización, entre otros, lo que ciertamente ha redituado en más empleo, menos pobreza y en una leve reducción de la desigualdad.

Sin embargo, esa promocionadísima expansión del PIB, hasta ahora, no se ha traducido en una mejor calidad de vida paraguaya.

Los casos recientemente publicados por los medios de comunicación son una triste evidencia de ello. Pobladores del barrio Tacumbú viviendo en medio de la cloaca, a apenas 5 minutos del Palacio Presidencial o del Congreso Nacional; cientos de familias haciendo polladas o rifas solidarias para costear tratamientos de salud; apagones generalizados en cada verano o tras cada lluvia; niños y jóvenes preparándose para dar clases bajo árboles o en edificaciones al borde del colapso; y hasta la pérdida de vidas humanas en raudales debido al casi nulo sistema de desagües, son solo algunos de los casos que se dieron en las últimas semanas.

Si el recuento se hace desde el último quinquenio o la última década, van a faltar líneas para enumerar las falencias estructurales que debemos soportar todos los días.

Evidentemente, el denominado “efecto derrame” solamente ha generado riqueza para ciertos sectores, pero se ha olvidado de la generación de la rentabilidad social. Que pese al aumento de la riqueza local, un cuarto de la población permanezca en la línea de la pobreza, certifica que debe haber un profundo redireccionamiento de las políticas públicas, para que el crecimiento que viene tendiendo el sector productivo, pueda ser aprovechado por las personas que no pudieron obtener las ventajas de esta transformación, como ya viene aseverando desde hace años la organización Desarrollo en Democracia (Dende).

Seguir sosteniendo la teoría simplista de que la expansión del PIB es sinónimo de bienestar y desarrollo es sostener una premisa falsa. El verdadero bienestar y desarrollo debe partir de una medición genuina de la calidad de vida, de condiciones que garanticen prosperidad, equidad social, igualdad de oportunidades y la posibilidad de acceder a una educación, salud o servicios básicos dignos.

“Un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla”, reza esta conocida frase, atribuida a varios pensadores. Si algo desnudó aún más la pandemia del Covid-19, es que los años de “fortuna” macroeconómica y de mayor generación de riqueza agropecuaria o industrial, no se condicen con la atribulada realidad que soporta la gran mayoría de los paraguayos.

¿No es ya momento de repensar el modelo?

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