La gente hizo caso omiso de algunos carteles que sobreviven en la playa inundada con la leyenda de “Prohibido bañarse” para darse un chapuzón en medio de las sombrillas que también fueron afectadas por la crecida.
En todo ese punto ribereño, las personas, gran parte de ellas niños y jóvenes, se lanzaban al cauce contaminado, ignorando los sitios peligrosos y profundos existentes.
Por otra parte, una gran cantidad de vehículos coparon el carril de salida de esta vía de circulación costera de la capital, donde la práctica de estacionar en doble fila no estuvo ausente. A diferencia de lo que ocurría en la costa, los agentes municipales de tránsito se encontraban en gran número e intervinieron a quienes transgredían las normas vigentes para embotellar el tráfico en el lugar.
Asimismo, numerosos vendedores de alimentos, como panchos, empanadas y otros, agua mineral y gaseosas, además de golosinas de todo tipo, se ubicaron en el paseo central de esta extensa avenida, sumándose a quienes trabajan cada fin de semana en el alquiler de bicicletas, triciclos y otros medios para el esparcimiento de las familias.