19 ene. 2026

Cárcel Italia

Prosigue el montaje de una verja extensa, interminable (como trámite municipal), en los bordes de la plaza Italia. Desde ya estoy convencido de que estas barreras tendrán una corta y tormentosa vida. ¿A qué apunto entonces? Lo que me interesa es poder compartir con los asuncenos algunas reflexiones sobre cómo llegamos a esto y por qué, inevitablemente, tendrá que darse una rectificación en un futuro no muy lejano.

Apenas despertaba el siglo veinte y ya las dictaduras se abalanzaron sobre nosotros. Con poca paciencia, pero mucho empeño, fueron desbaratando, una a una, todas nuestras libertades, y con ellas todas nuestras posibilidades. Prohibido protestar, disentir, reunirse, y finalmente prohibido pensar. La prohibición, la censura, se volvieron moneda corriente y efectiva. Hay mucha gente que cree que la dictadura en Paraguay terminó de golpe y porrazo allá por 1989. Cierto o no, es innegable que sus efectos tienen todavía hoy plena vigencia. Para muchas de nuestras autoridades resulta aún extremadamente funcional la cultura de la prohibición. Es más cómodo prohibir que admitir el error, la protesta, el disenso, las reuniones y, sobre todo, el pensamiento diferente que pueda encaminarnos a una solución inteligente.

Si las rejas de la plaza funcionasen únicamente para diferenciar espacios y controlar actividades, probablemente las cosas resultarían más sencillas. Pero, lo cierto es que todo tiene más de una lectura y más de un efecto. Previsto o no, se cuelan además una gran cantidad de mensajes muy potentes que no pueden ser pasados por alto. Descifremos sólo algunos: “La solución más fea es la correcta"; “Afuera es peligroso y no podemos hacer nada"; “No nos interesa la integración"; “Si no va a entrar, circule”...

Lo que están instalando es un elemento que connota prohibición y promueve sutilmente el miedo y la necesidad de encerramiento. Sostenes básicos de toda cultura del terror.

Un vecino va a su plaza porque necesita un momento de expansión en un espacio abierto. Esas actividades de expansión pueden ser de diferentes tipos. Para cada una de ellas hay infinitas posibilidades de diseño que las hagan más placenteras, pero hay además ciertas características que son más bien constantes en todas las plazas, entre ellas su carácter público y abierto. ¿Se imaginan a una mamá diciendo: “Nene, entrá a la plaza...”?

Así vemos que, en las últimas décadas, diseñadores de espacios públicos de todo el mundo vienen optando por volver difusos los límites entre plaza y vereda (ambos espacios peatonales), integrándolos y ganando así una sensación de mayor amplitud, reforzando una tácita invitación al uso a los vecinos, pues hace tiempo que han notado que a mayor uso, mayor control social; y a mayor control social, menores posibilidades de usos no deseados.

Arquitectura y Autoritarismo se titula un excelente libro (en rigor, ya un clásico) del argentino Rodolfo Livingston. Sus páginas recogen una serie de artículos de los años posteriores al fin de la dictadura militar argentina, denunciando las múltiples manifestaciones de la cultura del autoritarismo en las decisiones municipales. En uno de esos artículos sostiene que “el uso crea la función”, aclarando que “el diseño debe prever siempre las escenas que las formas provocan”. ¿Qué significa eso? Que los responsables del Municipio debieran alguna vez preguntarse si las plazas que dicen defender no están realmente “invitando”, debido a su diseño, a que ocurran otro tipo de situaciones no previstas. No basta con poner un cartelito que diga “PLAZA”. Hay infinitas posibilidades de diseño que, sin mayor costo, pueden mejorar sensiblemente la plaza y su entorno. Enrejarlas no es, ni remotamente, una de ellas.

De no haber sido por la solitaria protesta de algunos arquitectos, en principio, y las numerosas adhesiones posteriores, estarían reventando a estas horas el cruce Mariscal López y General Santos, sin dudas, uno de los escenarios más atractivos de la ciudad. Y lo intentaron con mentiras, empezando por la perspectiva del proyecto: mentirosos baldíos a ambos lados de una mentirosa avenida que nunca podrá tener seis carriles, como quisieron hacernos creer. Y ni siquiera se trata de un nudo de tránsito tan conflictivo que justifique ese crimen patrimonial.

Mientras tanto, también mentían con nuestra plaza: que las rejas no tienen nada de raro, que se usa en otras importantes plazas del mundo... Mienten. ¿Se imaginan con rejas la Plaza de Mayo en Buenos Aires, el Zócalo en México, la Plaza de la Revolución en La Habana?

Alguna vez habrá que pensarse todo de manera integral y asumir que campesinos e indígenas no llegan hasta la ajena ciudad porque tienen sus ingresos y su seguridad social resueltos. No tienen tierras, asesoramiento, recursos, hospitales, seguro de salud, y ahora, además, no tendrán dónde recordarnos que no tienen. Así negados, qué fácil resulta echarles la culpa de todo. Pero cuando el mitã’i llora de hambre o la nena se muere de una diarrea, a ningún padre le da por hacerse el Rousseau y decir, con tono acortesado: "¡Uy!, me temo que alguna cláusula del Contrato Social no está siendo cumplida”. No, señor. Por eso creo que el Estado mantiene un silencio sospechoso de complicidad. Porque muchos poderosos prefieren no ver campesinos e indígenas en su ciudad, porque saben que, en este modelo de sistema, la miseria de muchos es el precio de la riqueza de unos pocos.

En el fondo, creo que quienes por acción o inacción avalaron esta tontería, antes de tratarse de gente que quiere a la plaza, es más probable que simplemente sea gente que odia a la gente.

Un 28 de mayo de 1959, quinientos estudiantes apostados en la plaza Italia protagonizaban la primera manifestación contra el Gobierno de Stroessner. La Policía disolvió violentamente la manifestación que, triplicada en número, fue reeditada al día siguiente en otro sitio. La represión fue más violenta, con persecuciones, detenciones y secuestros de numerosos jóvenes dirigentes. La Cámara de Representantes protestó, Stroessner alegó intromisión de poderes y la clausuró, mandando a varios de sus miembros al exilio. Desde aquel día, gobernó sin mayor oposición, siendo lo demás historia conocida. Desde aquel día nuestra plaza representa el lugar, el sitio exacto, donde los gritos de libertad y democracia estremecieron a tal punto al tirano, que respondió condenando a todas las posteriores generaciones de paraguayos a décadas de profunda oscuridad.

Heroicos jóvenes del 59: hoy, a medio siglo de distancia, mil metros cuadrados de carcelarias rejas municipales los saludan.

Así las cosas, mientras unos burócratas fungen de paisajistas, miles de arquitectos, agrónomos e ingenieros nacionales realmente vinculados a la disciplina paisajística, o al menos con una visión más amable del espacio público, ven impotentes, desde el otro lado de la verja, lo que está sucediendo. Aquí, el único oficio con derecho a opinar fue el del herrero que ganó la licitación. No pensaron en un concurso de ideas, ni de proyectos. Hay Facultades de Arquitectura, pero no fueron consultadas. Es verdad que un proyecto de revitalización del sector pudiera ser más costoso; pero, en cualquier caso, es mucho más fácil de justificar a la hora de solicitar apoyo financiero y son muchos más los problemas que pueden ser atendidos, incluida, de rebote, la falta de trabajo.

Y después se enojan cuando hay manifestaciones de protesta y cantitos panfletarios. Que se enojen. Yo me voy con ellos, parafraseando uno del uruguayo Daniel Viglietti: "¡¡¡A desenrejar, a desenrejar, que la plaza es tuya, mía y de aquél!!!”.

Alguna vez habrá que pensarse todo de manera integral y asumir que campesinos e indígenas no llegan hasta la ajena ciudad porque tienen sus ingresos y su seguridad social resueltos. Otra visión es necesaria.

Debates

Arq. Carlos Zárate

Docente FADA/UNA

czarate@arq.una.py