13 jul. 2024

Arqueologías y aborígenes desprotegidos

Los estudios antropológicos, que en su momento fueron coordinados por Luciana Pallestrini en colaboración con José A. Gómez Perasso y Ana Castillo, enmarcados dentro del proyecto “Leroi-Gourhan” en las cuatro ?islas’ del arroyo Paso Py Puku (Paraguarí), arrojaron datos de mucho interés. Los resultados de estas investigaciones indicaban que las mismas fueron habitadas desde hace aproximadamente 3.600 años. Vale recordar que los investigadores hallaron en las excavaciones de superficies: cerámica, utensilios, herramientas y urnas funerarias.

En la actualidad, José A. Lasheras Corruchaga coordina el proyecto “Patrimonio cultural del pueblo Paî Tavyterâ en Jasuka Venda”. Un grupo de investigadores del Museo de Altamira (tres arqueólogos, un restaurador y un encargado de producción) y tres arqueólogos contratados específicamente para el proyecto vienen trabajando desde el año pasado, con el claro propósito de documentar y valorar el patrimonio cultural inmaterial (su tradición oral, creencias, ritos y ceremonias); y, por otro lado, el patrimonio arqueológico, en el que destacan varios abrigos con arte rupestre.

La presencia del hombre - en la zona del cerro en Amambay- se remontaría a 5.000 años atrás. No obstante, los detalles de la misma tardarán un tiempo en llegar a las manos de los lectores paraguayos.

La noticia entusiasmó a más de un paraguayo. Esta vez la prensa se hizo eco y en minutos la noticia se expandió a los cuatro vientos. Y está bien. Los aborígenes esta vez fueron noticia. Y es que “Jasuka Venda” - principal patrimonio de la etnia guaraní Paî Tavyterâ- es un lugar sagrado donde, según las creencias indígenas, surgió el Dios Creador y el Gran Abuelo, Ñande Ru, a partir del cual se crearon el mundo y la humanidad.

Pero, ¿basta con identificar, datar y valorar el arte rupestre de los Paî Tavyterâ?

¿Cuánto de importante tiene el hecho de datar una cosmovisión milenaria y mostrar los indicios de que esas tierras fueron habitadas 5.000 años atrás? ¿No estamos sumando otra voluntad ficticia a tanto pensamiento disfrazado que la academia y los foros conocen y administran de manera más que eficiente?

¿Será posible celebrar con asombro estos descubrimientos a costa de mantener una población importante de aborígenes en la más absoluta miseria, indiferencia y desamparo?

La frontera interior que hemos trazado ha repelido cualquier tipo de contacto.

Quizá valga recordar, de manera breve, los prejuicios que todavía hoy administramos:

Que no dejaron un legado arquitectónico merecedor de elogios. Que carecen de historia y de acontecimientos dignos de ser evocados y conmemorados.

Que en el ethos guaraní falta contundencia a la hora de estudiar y tratar de advertir nuestra historia como pueblo.

Que la dilatada lucha contra la lengua y la cultura guaraní está legitimada.

Que “por algo” durante tantos años el sistema educativo - desde sus textos- omitió datos esenciales de la pre-historia y la arqueología de los pueblos originarios. Que es más interesante estudiar la historia universal desde la llegada de los españoles o desde algún desconocido rey babilónico o un extravagante faraón egipcio. Que no importa contar a nuestros hijos historias lejanas y ajenas. Que las proezas de Obera, Lambare, Potîvera, Ñesu, Kuniaracúa, Ka’arupe, Ka’abure, Marangoa, son cuestiones “nimias” carentes de espectacularidad y rimbombancia. Que los diminutos mendigos seguirán llenando nuestras calles en homenaje al yvy marâne’ÿ. Que el destino de los mismos es la “extinción buscando la liberación”.

Casanova, al rastrear los orígenes de la historia social, dice: “Dado que la historia sólo podía ser comprendida a través del comportamiento humano guiado por ideas conscientes, había determinados terrenos de la existencia humana que caían fuera de la incumbencia del historiador. Las masas, las clases sociales, los aborígenes, la cultura popular, no tenían interés histórico. Sólo el reino de las élites, de aquellos que tomaban decisiones, formulaban y ejecutaban la política, constituía un asunto legítimo de estudio”. (Crítica: 1991)

Es de esperar que los descubrimientos arqueológicos, etnológicos y demás, formen parte de nuestra historia. Es hora de que nuestros hijos descubran en sus libros la otra historia de esos mugrientos y famélicos mendigos. No vendría mal que la interculturalidad se materialice a través de los hechos. Podemos superar nuestra indiferencia patológica - como Estado y como ciudadanos- apadrinando a un niño aborigen y exigiendo a sus padres que los mismos acudan a las escuelas y colegios del país. Basta de rodeos y prerrogativas. Es hora de incluir a los miles de desposeídos en la agenda de lo posible.

El Museo de Altamira afirma que cuentan con los indicios más antiguos de vida en este país.

Opinión

José Manuel Silvero

Investigador

jmsilvero@intersophia.org

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