11 abr. 2026

ANR: Una lata sin fecha de vencimiento

El único motivo por el cual creo que necesitamos una alternancia en el gobierno es la seguridad de que los colorados no van a cambiar. No tienen por qué hacerlo. Su estilo político los ha mantenido en el poder por más de seis décadas. Es casi natural que los líderes republicanos miren con desconfianza a cualquiera que proponga un cambio radical. Expertos en conservar el poder, nos transformaron, por el camino, en uno de los países más atrasados y corruptos del continente.<br>¿Por qué duran tanto los colorados? La clave está en el perfeccionamiento de una simbiosis entre el Estado y el partido, separados por fronteras difuminadas e imprecisas y, a la vez, unidos por invisibles ductos subterráneos. El Estado da cálido albergue a una legión de operadores políticos que fungen de funcionarios y, en sentido inverso, alimenta al partido con nutritivos aportes económicos para sus necesidades electorales. <br>Para Max Weber, esto sería un Estado patrimonialista, caracterizado por la ausencia de distinción entre lo público y lo privado. Los colorados sacan provecho de la conjunción de un Estado que maneja varias empresas con alto nivel de corrupción y gran discrecionalidad en el uso del poder, con la escasa institucionalidad, la miseria y el pobre control ciudadano.<br>Este esquema funcionó disciplinadamente durante el stronismo y se fue adaptando a las exigencias de los tiempos democráticos. Le pintaron un rostro más moderno. Sus dirigentes dejaron de ser militares con cara de brutos o civiles achacosos y grisáceos, para ser reemplazados por empresarios, profesionales y jóvenes elegantes, formados en el exterior. <br>Pero, en el fondo, todo sigue siendo absolutamente idéntico. Los gobiernos colorados podrán tener página web, pero son incorregiblemente anacrónicos. Han sobrevivido a la transición democrática por dos motivos: la increíble inutilidad opositora y su dúctil plasticidad para adaptarse a las nuevas condiciones internas y externas.<br>Han hecho todos los cambios que podían. Algunos de ellos, memorables. Pero siempre, los mínimos indispensables. Jamás se les ocurrió delimitar los límites entre el partido y el Estado. Y, mucho menos, cerrar aquellos canales invisibles. ¿Por qué habrían de hacerlo? La oposición nunca les exigió que lo hagan. Y el suicidio, que se sepa, no goza de popularidad en la dirigencia colorada.<br>Entonces, cambio hubo, pero siempre diminuto. Nicanor fue un cambio. Era un candidato preparado, sin vínculos con el stronismo, ni con grupos de poder. Pero su cambio fue tacaño, apenas el suficiente para ganar las elecciones. En la medida que se proponga avanzar un poco más, la estructura le advertirá que pone en riesgo la continuidad de un sistema ?para ellos? exitoso. A Blanca Ovelar o a Castiglioni, si llegan a la presidencia, les pasará lo mismo. <br>Hace 4 años, en su discurso de asunción al mando, Nicanor Duarte anunciaba el fin del Estado patrimonialista que enriqueció a unos pocos, diciendo: “Ya no habrá Estado que sea el brazo burocrático, financiero y armado de los grupos empotrados en el poder”. La realidad de hoy, sin embargo, es otra. El oficialismo hace ostentación y abuso de los bienes, vehículos y aviones del Estado. Los funcionarios públicos se ven compelidos a asistir a mítines, a aportar imperativamente y a exigir coimas para esquivar destituciones. Son los colorados en campaña electoral. El único momento en que fugazmente se muestran tal cual son. No sé qué vendrá después, pero por ahora no tengo dudas de que la alternancia sería una bendición.<br>