Anita, esa niña que ponía cara de pucherito cada vez que se enfrentaba a las interminables tareas de vacaciones, no fue una niña más. Ella fue capaz de unir a un país segregado, por un corazón. Anita es esperanza, es más que un corazón.
Ella no podía correr ni gritar. Siempre la estaba acechando la idea de una posible descompensación. Pero de la mano de sus padres Eugenio Almirón y María Elena Riquelme, la pequeña Ana Laura enfrentó por más de dos años los malos pronósticos y los intentos fallidos de donación.
Anita amaba el colegio, cuando podía asistía dos veces por semana. Ella amaba llegar al Verbo Divino para dibujar. Pero más amaba a su familia, especialmente a su mamá.
- “Mami, yo te quiero más porque mi corazón es más grande, porque tengo miocarditis”, bromeaba la niña, que si bien tenía pocas expectativas de vida por no conseguir un donante, nunca dejó de sonreír. Esta niña de ánimo inigualable que puso buena cara a su enfermedad a pesar de su delicado estado, quería vivir.
Para Anita sonreír se convirtió en un bálsamo. Nada raro en una niña que en sus cortos seis años enseñó a un país a no rendirse nunca. Ella siempre buscaba una salida, hasta fue a Brasil en busca de un tratamiento alternativo al trasplante del corazón. En ese país se sintió feliz: conoció el mar. Ella lo miraba inmenso como sus ilusiones.
La última vez que la vi, estaba en medio de un laberinto de góndolas, sentada en un carrito de supermercado como una princesa en su trono. Ella abría sus ojos como buscando el lugar de las muñecas. De pronto le dije: - Hola Anita, ¿Cómo estás?
-Bien, respondió y abrió levemente la comisura de sus labios enseñando sus dientes de conejo tres días antes del Domingo de Pascuas.
La niña que fue hincha de Olimpia estaba disfrutando de aquel paseo. Sus seguidores de Facebook saben que ella amaba ir al shopping tanto como a los libros de cuentos. Amaba a sus padres como a su hermanita Mili, su compañera inseparable de tres años que se convirtió en su enfermera personal que vivía pendiente de que Anita tomara sus remedios a hora.
DULCE. Ella desde que nació un 2 de junio de 2006 logró despertar el amor en niños y artistas. Movió orquestas, inspiró a pintores de lejanas tierras como las Islas Canarias. Anita era más que una niña a la espera de un corazón. Era la pequeña que pedía oraciones por su recuperación. Era la niña que no se rindió hasta cerrar sus ojos como su personaje animado favorito, Blanca Nieves.
Anita durmió ayer para siempre, pero su legado, ese que nos deja la piel chinita al recordarla, hoy nos invita a mirar la donación con otros ojos, con los suyos.