Hace bastante tiempo no escribía en esta columna. Dejé pasar enero, febrero y marzo, para retomar el Ciclo Cultural Asunceno. Hoy les quiero hablar del San Marcos. Me dirán: “De la plaza que está en Venecia, con vista al Mar Adriático”. No, les estoy hablando del Café San Marcos, con vista a la calle Alberdi y al “cincuentoso” Edifico Segesa, de Asunción del Paraguay. Bueno, aguántenme un rato mientras me entra eso de: “Todo pasado fue mejor”.
La sillas del Café San Marcos estaban ahí, como diciéndome: “Te estamos esperando”. Luego de mucho tiempo me encuentro con cuatro de ellas en la casa de Sarita Sosa, restauradora de alma de los objetos. Primera pregunta: ¿Las sillas y las mesas del San Marcos? “Sí, son”, me respondo, sin esperar respuesta. Las reconocí en el acto. Segunda pregunta, como cuando un padre indaga dónde están los chicos: "¿Dónde están las demás?”. Sara me responde: “En una casa de la calle Fulgencio R. Moreno”. En ese momento le pido por favor que me contacte con los encargados de las sillas, y en una hora estuve en la casa de esa calle del barrio San Francisco. Entro, miro una gran cantidad de sillas y mesas apilonadas. Lo primero que digo es: “El San Marcos...”, y ahí me viene a la memoria mi adolescencia. Es que en esas sillas estaba resumida la historia de tantas historias asuncenas contadas en tantos años de litros de café.
Tantos recuerdos de tantos tanos, judíos o árabes asuncenos que pasaron por sus sillas. Discusiones de fútbol entre Jaime Arditi y don Fernando Cazenave; o acalorados debates políticos entre Bicho Pesoa, Víctor Duarte Menoret y Chiquitín Maluff; o los plagueos de Rocco (mi viejo), Pederzani, Lo Tito y don Melis por la demolición de la casa común de todos ellos, el antiguo Circolo Italiano.
Es que después de la desaparición de los antiguos cafés, como el Capri o el Sorocabana, el San Marcos se convirtió en el segundo hogar de todos aquellos que quedaron deambulando sin su famoso cafecito de todos los días. Ahí se daban las más grandes conspiraciones virtuales de principios de los años 80. Ninguno de los parroquianos pasaba un día sin sentarse y pedir un café. Era la oficina de muchos y lugar preferido de artistas de la época, de la talla de los maestros Livio Abramo, Edith Jiménez o María Adela Solano López.
El lugar ya no está. El San Marcos pasó a mejor vida con la anuencia de San Pedro, pero me queda la dicha de haber podido adquirir las últimas sillas y una mesa del café obligado del centro asunceno de los años 80. ¡Adiós, San Marcos! Me quedo con algunas de tus sillas. Saludos a San Pedro. Nos vemos algún día. Y a ustedes, lectores, ¡gracias por aguantar tanta melomanía!
Toni Roberto
Dibujante y docente
tonyrobertotercero@yahoo.com