23 may. 2026

A la memoria de Lucio Aquino, rey Ubú

Homenajes

Lucio Aquino, fallecido en Caacupé el 29 de septiembre, con 56 años, fue un artista de una creatividad, libertad y coraje inmensos. Atributos que propulsaron una producción plástica de inconfundible carácter, que se movió en la pintura, el dibujo y en una faceta menos pública: en la performance y la danza.

Durante cuatro décadas de trabajo, su arte plástico poseyó un lenguaje neo-expresionista compuesto por un simbolismo polifónico, en el que fundió naturaleza, cuerpo y mitología. La figuración humana, animal y del paisaje colaboró a renovar el imaginario local de la pintura, introduciendo influencias clásicas y contemporáneas que demuestran las ambiciones de su programa.

Retratos en contextos campesinos con perfiles de auroras y crepúsculos de inspiración greco-romana convivieron espontáneamente con lechuzas y papagayos; lascivos mamones y delicadas naranjas se incrustaron en vistas idealizadas de la bahía de Asunción o de los Saltos del Guairá. La ambición de desear unir lo local y lo universal, o utilizando los neologismos glocal y singuniversal (en palabras del teórico belga Tierry de Duve), sea quizás la insistencia de esta obra por negociar lo cultural y lo social de la experiencia multicultural paraguaya.

Por otra parte, para nuestro artista, el legado “patafísico” del artista Alfred Jarry fue muy importante al nivelar diferentes estrategias culturales en el original revoltijo semántico de un surrealismo sui generis. Lucio conservaba un texto del Ubu Roi, pieza teatral del citado autor, deshojado y manchado de pintura, texto que había traído de Nueva York en los 80, cuando vio esta obra teatral en el Greenwich Village, y que mantenía fresca en su memoria.

En los últimos diez años, la luz de sus ojos iba apagándose. No veía bien, y una inexorable aberración visual iba debilitando su vista, lo que se reflejó en una pintura más difícil, velada con camadas espesas de pintura. Un trabajo más matérico, opuesto al detallismo y precisión de sus primeros años.

Sus problemas terminaron en solución, pragmático como él era. Es el inicio de una pintura oscura, más existencialista y menos lírica, y donde asoma el drama de su realidad. Una pintura escatológica, una orgía de atmósferas cargadas y plomizas.

Este artículo es una despedida, la que no pude darle, o la que quizás nadie pudo darle, pues Lucio se exilió en la tierra de su infancia tras una larga enfermedad que soportó estoico. Fue un artista de una dignidad a toda prueba, y le gustaba más ayudar a ser ayudado, viviendo humilde y libre.

Nos habíamos conocido en Barcelona, a fines de 1989: él estaba becado por una compañía de danza contemporánea, bailando y pintando aquel verano de hace veinte años. Paraguay despertaba de la pesadilla del tirano y nosotros caminábamos por el Parque Guell o Montjuic; mirábamos plantas. O bien ensayaba los pasos a lo Merce Cunningham, que acababa de aprender.

De vuelta a Asunción, en casa de Luz Marina Servín, del barrio Las Mercedes, volví a verlo con los pomos de óleos en la mano y grandes lienzos tendidos entre guayabas y aguacates, pintando como un autómata. Su loro Pancho seguía alucinado su recorrido peripatético entre bastidores. Mientras Lucio pintaba, podía hablar de historia del arte o de Donna Summer.

Era hedonista, le encantaban los estiramientos físicos... A veces se caía, y lo hacía con tanta gracia, rodando en el suelo con elegancia. Mientras regaba su jardín (siempre vivió rodeado de plantas), usaba regaderas y terminaba empapado. Con su kayak surcó el río Paraguay, el lago Ypacaraí o la Lagoa da Conceição, en Florianópolis. En su piso del edificio Zodiac tenía una piscina Pelopincho ¡en el living!

Irrepetible y desmesurado, vivió experiencias comprometidas y extremas: protestó contra el encarcelamiento de la militante socialista Perla Yore frente al Buen Pastor, ataviado con plumas y una pancarta; se manifestó montado en sus patines, rodeando en círculos al director de Museos de la época, sumando energías entre la sociedad civil del arte por la libertad operativa del Museo de Bellas Artes. Y como tantas otras personas, sufrió el oprobio de la cárcel durante la caza de brujas desatada tras el caso Palmieri, en 1982.

Más allá de anécdotas y sucesos vitales, su obra es fruto del trabajo y guarda coherencia con su sensibilidad ecológica y el amor a las cosas del mundo. Lucio estudió Arquitectura, en la Universidad Nacional de Asunción y en la Universidad de Austin, en Texas, EEUU; Arte, en el Instituto de Bellas Artes, con Edith Jiménez y con Leonor Cecotto; Danza, en los talleres de la Fundación Pro Ballet, Crear en Libertad, Instituto Municipal de Arte, entre otros. Hablaba fluidamente el inglés y el portugués, además del guaraní y castellano maternos, y en una conversación las frases podían saltar de un código a otro.

Un importante fondo de obras suyas se encuentra en la colección del Museo del Barro, donde la galerista Verónica Torres organizó una importante muestra retrospectiva, años atrás; y la cineasta Juana Miranda y la artista Noemí Vega realizaron el documental You can call me Lucio, en el 2004.

Su nombre, de origen latino, significa luz. Era usado antiguamente para denominar a los nacidos con la luz del Sol, al alba. Y en eso era experto, en pintar con luz, en capturar visiones nacidas al amanecer, la siesta o la noche. Una pintura luminosa, y que ahora resplandece con más fuerza para quienes sabemos de la magnitud de su pérdida. Y para nuevos públicos que seguirán valorando las calidades de su arte.

Nacido en 1953, este gran artista falleció hace poco más de un mes, dejando un legado cultural importante en los campos del dibujo, la pintura, la performance y la danza.

Fernando Moure

Crítico de arte

moure.fernando@gmail.com