Opinión

76 fugados y una pregunta perturbadora

Luis Bareiro – @Luisbareiro

El 16 de diciembre, la ministra de Justicia advirtió en conferencia de prensa que supieron de un plan de fuga de los presos del Primer Comando Capital (PCC) recluidos en la Penitenciaría de Pedro Juan Caballero. El 30 de diciembre, los administradores de la prisión hicieron una rigurosa requisa en busca de cualquier elemento que pudiera emplearse para ejecutar el plan. Afortunadamente, nada encontraron.

Tres semanas después, en la madrugada del 19 de enero, todos los presos pertenecientes a esta peligrosa organización criminal brasileña se fugaron. De paso, los demás reos del pabellón hicieron lo propio. En total, 76 reclusos desaparecieron en la oscuridad de la noche, apenas un mes y unos días después de la advertencia de la ministra.

En la misma celda, cuya requisa no había revelado singularidad alguna, hallaron esta vez cientos de bolsas de tierra colorada… y un túnel de unos treinta metros con boca de salida del otro lado del muro de la prisión.

La excavación, con mejor acabado que el Metrobús, había sorteado notablemente las cañerías subterráneas de la penitenciaría y podía ser utilizada en la noche gracias a una improvisada conexión eléctrica. No sería de extrañar que contase además con un generador propio, no fuera que la fuga se interrumpiera por cortes de luz.

A la vuelta de la boca de salida del túnel se encuentra estacionada una tanqueta desde la que montaban guardia cinco militares asignados a reforzar el control de la prisión, drástica medida de seguridad adoptada desde la declaración de la emergencia penitenciaria. La ubicación de este poderoso vehículo de guerra no obedece al ángulo de visión, sino al lugar donde languidece el único árbol de la zona. La inteligencia militar decidió que era prudente guarecerse bajo su sombra.

El túnel solo permite el paso de una persona a la vez y avanzando a gatas. Esto significa que, con un promedio de dos minutos por fugado y suponiendo que la única vía de escape fuera ese pasadizo, todo el operativo debió llevar no menos de dos horas y media. Mientras tanto, los vecinos de la zona reportaron que desde la tarde antes circulaban en los alrededores de la penitenciaría seis camionetas lujosas y diez motocicletas de alta cilindrada. También avistaron civiles armados. Curiosamente, nada de esto llamó la atención de los administradores de la cárcel.

Unas 24 horas después de descubierta la fuga, la policía dio a conocer la lista de los fugados. Incluyeron fotografías, nombres y número de cédula de un joven panadero que jamás estuvo en prisión y un septuagenario con párkinson, arrestado en tiempos de la dictadura por cuestiones políticas. Se supo entonces que los datos que recibieron de la penitenciaría estaban ligeramente incompletos.

Por ejemplo, solo tienen fotografías de 50 de los 76 fugados. En teoría, los administradores de la cárcel deben cargar la ficha de cada recluso. Por alguna razón, no lo hicieron. En consecuencia, hay unos veinte forajidos a los que están buscando a ciegas. Ni siquiera saben cómo son. Supongo que se limitarán a preguntar cortésmente a todo aquel en “actitud sospechosa” si de casualidad se fugó de prisión últimamente. Es de esperar que si por azar dan con algunos de los reos estos respondan con sinceridad.

La honestidad intelectual es de hecho importante en el operativo de recaptura. Es el rasgo más notorio de uno de los seis recapturados, un joven que, por recomendación de su padre (guacha en mano), decidió presentarse voluntariamente. Sus buenas intenciones, empero, casi se frustraron porque no figuraba en la lista de prófugos. En su lugar aparecía otro reo que en realidad nunca había abandonado la prisión. Como sea, el joven regresó, lo que puso tan contentos a los abochornados guardiacárceles que parece que alguno, en el colmo de la felicidad, le pegó un pisotón, y ahora este hijo pródigo tiene una pierna enyesada.

Podemos seguir hablando de las cámaras que nada captaron o de la piscina y el quincho vip del jefe de seguridad, pero sería casi redundante, porque lo único realmente perturbador luego de repasar esta crónica rutinaria es preguntarnos, con el corazón en la mano, ¿cómo es que en el ránking de la corrupción estos venezolanos porfiados nos siguen ganando?

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