Opinión

635.822 libras, 11 chelines y 1 penique

Alfredo Boccia Paz galiboc@tigo.com.py

Tras décadas de revueltas y levantamientos políticos, el Paraguay descubrió que se hallaba inerme y mal preparado para enfrentar la inminente invasión boliviana. Felizmente tuvimos un estadista como Eligio Ayala que impuso al país a un enorme sacrificio económico y lo preparó para lo que vendría pocos años después. A la altura del momento, los partidos políticos establecieron una tregua a sus conflictos.

En 1926 fue comisionado a Europa al general Manlio Schenoni para comprar, secretamente, armas en el exterior. El Gobierno no tenía crédito, las transacciones serían al contado. Este militar se encontró con la existencia de numerosos intermediarios ávidos de vender a los países necesitados armamento viejo, remanente de la reciente guerra europea. Evitó quedarse con artefactos deteriorados, recorrió fábricas, se asesoró inteligentemente, rechazó partidas defectuosas y consiguió un asombroso arsenal para 15.000 soldados con el que el Chaco pudo ser defendido.

En un informe al Gobierno, fechado el 30 de mayo de 1928, dice haber gastado hasta ese día 635.822 libras esterlinas 11 chelines y 1 penique. Así de escrupuloso con el dinero público era Schenoni. Por supuesto que existían comisiones que rondaban el 10% para el agente comprador. Sin dudas, el enviado paraguayo habrá tenido la oportunidad de quedarse con algún vuelto. Era muchísimo dinero depositado a su nombre en bancos europeos. Jamás lo hizo. El coronel Arturo Bray, quien lo acompañaba en dichas gestiones, contaba que Schenoni invertía ese monto en la adquisición de otros materiales, no previstos en el presupuesto inicial. Así se compraron los sables belgas usados por nuestros oficiales.

En marzo de 1927 el presidente Eligio Ayala envió a Europa al entonces teniente primero de Marina José Alfredo Bozzano con la misión reservada de dirigir la construcción acelerada de dos cañoneros que aseguraran el indispensable dominio del río Paraguay. El joven ingeniero naval contactó febrilmente con varios astilleros ingleses y alemanes y terminó por encomendar el trabajo a una firma italiana. Llevó sus propios planos, supervisó los materiales y logró terminar dos portentosos barcos, el Paraguay y el Humaitá, que llegaron triunfalmente a Asunción en mayo de 1931. Durante el proceso de contratación y armado de los buques el Gobierno paraguayo giraba fondos a nombre personal de Bozzano. Es lógico suponer que habrá tenido ofertas de tentadoras coimas que hubieran mejorado las finanzas personales del oficial.

Por supuesto que a nadie se le puede ocurrir que ese héroe naval haya pensado siquiera en sacar provecho de la dramática situación que vivía la patria. Al contrario, siguió prestando en los años siguientes servicios invalorables en los Arsenales de Guerra y Marina.

Recuerdo la actuación honesta de estos compatriotas porque, guardando las distancias, vivimos momentos parecidos al de ellos. Nos piden sacrificios para prepararnos adecuadamente a la amenaza que se acerca. Pero, en vez de patriotas como Schenoni y Bozzano, nos muestran funcionarios salpicados por presuntas compras irregulares y negociados con insumos médicos. Si se comprueba la veracidad de las denuncias, deberían ser castigados como se castiga a los traidores en las guerras.

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