Opinión

30 años de una transición incompleta

El día de hoy celebramos 30 años de nuestra democracia. Nunca antes, en toda nuestra vida como nación, hemos vivido un periodo tan largo de libertades.

Un año como este debe ser motivo de alegría y de festejos, pero al mismo tiempo de evaluación del pasado y, sobre todo, de reflexión sobre el futuro.

Recuerdo como si fuera ayer, la madrugada del 3 de febrero de 1989, cuando escuchábamos por radio la noticia del final de esa larga noche que fue la dictadura stronista.

Recuerdo como si fuera ayer ese amanecer jubiloso, donde miles de personas salieron a las calles a dar rienda suelta a su alegría, imbuidas de un espíritu de reconciliación y de paz.

Ese espíritu hizo posible el regreso de los exiliados, la reapertura de los medios de comunicación clausurados y el inicio de un periodo fecundo de construcción de las nuevas instituciones de nuestra naciente democracia.

Para hacer una evaluación política de estos 30 años, es necesario recordar a Robert Dahl, quien en su libro Poliarquía: participación y oposición, dice: “La transición de una dictadura a una democracia debe recorrer dos caminos: uno para acceder a mayores libertades y el otro, para que los diversos sectores de la sociedad puedan acceder al poder”.

En estos 30 años de transición avanzamos muchísimo en el camino de las libertades; hoy tenemos plena libertad de expresión, de prensa, de reunión, y de asociación, pero avanzamos muy poco en ampliar las posibilidades de acceso al poder.

Recordemos que el poder durante la dictadura stronista se apoyaba en un maridaje entre las Fuerzas Armadas y el Partido Colorado, donde ambos usaban al Estado como un botín.

La caída de la dictadura y el inicio de la transición fueron liderados por Rodríguez, que era militar; luego por Wasmosy, que fue puesto por los militares, y, por último, por Cubas Grau, que fue puesto por Lino Oviedo.

El asesinato de Argaña y el exilio de Oviedo pusieron punto final al poder militar y a partir de ahí el poder pasó a los civiles… del Partido Colorado… que pasaron a controlar la maquinaria del Estado.

Con un partido político hegemónico controlando los recursos del Estado, es muy difícil que los nuevos actores políticos puedan acceder al poder. El triunfo de Lugo fue un accidente, con pocas probabilidades de volver a repetirse.

La evaluación económica de estos 30 años puede dividirse en dos grandes etapas, desde 1989 hasta el 2003 y desde el 2003 hasta la actualidad.

La democracia recibió de Stroessner una economía estancada y las primeras reformas fueron de liberalización del tipo de cambio, de desregulación del sector financiero, de reforma tributaria, pero... sin tocar el aparato estatal.

La economía paraguaya, que ya llevaba seis años de estancamiento con Stroessner, continuó estancada 14 años más, haciendo que la pobreza llegara casi al 50% en el 2003.

A partir de ese año, gracias al inicio del boom de los commodities y a las reformas macroeconómicas realizadas por el gobierno de Duarte Frutos, la economía paraguaya creció a una tasa promedio del 4,45% anual y la pobreza se redujo al 26,40%.

En este proceso, el Estado “no molestó” como en Argentina o Venezuela, pero no contribuyó con inversión en infraestructura, en educación ni en salud.

El resultado en lo económico y en lo social es que tenemos una economía más grande, con graves problemas de infraestructura, con una población joven de pésima educación y con enormes problemas de desigualdad social.

En lo político, avanzamos muchísimo en ampliar nuestras libertades, pero no en el acceso al poder.

Para seguir avanzando, debemos reformar el Estado para que invierta más, debemos reformar el Sistema Electoral para que nuevos actores puedan llegar al poder y debemos reformar el Poder Judicial para que combata la corrupción en vez de anidarla.

Nuestra transición se encuentra incompleta.

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