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Opinión
domingo 21 de agosto de 2016, 01:00

Venezuela y la palabra que ofende

Desde el inicio de la llamada revolución bolivariana, su líder Hugo Chávez fue incrementando su poder gracias a los impresionantes aumentos del precio del petróleo y ampliando su presencia mediática gracias al uso de un lenguaje soez y burlón.

De menos de 15 dólares el barril en el año 1999 el precio se disparó a 140 dólares en el año 2008. Los ingresos petroleros del país caribeño se multiplicaron por diez y con esos recursos Chávez se convirtió en el líder más influyente de América Latina.

Paralelamente, con un discurso agresivo y sarcástico hacia los principales líderes mundiales, Chávez se convirtió en el latinoamericano con mayor presencia en los medios mundiales de comunicación.

Recorrió el mundo aquel famoso discurso pronunciado en el seno de las Naciones Unidas, donde el día anterior había hablado George Bush y donde dijo: "Ayer el diablo estuvo aquí. Este lugar huele a azufre".

También recorrió el mundo su pelea con el rey Juan Carlos de España, cuando en la Cumbre de Santiago de Chile dijo que el ex presidente español José María Aznar "era un fascista, de la calaña de Adolfo Hitler y un lacayo de Bush, que le daba asco y lástima". Esto generó la reacción del rey, que estalló con su "por qué no te callas".

Pero todo esto hasta encontraba adeptos, cuando el protagonista era Hugo Chávez, que estaba lleno de petrodólares y cuyos ataques estaban dirigidos a países poderosos y a grandes líderes mundiales a quienes nadie osaba agredir.

Pero ahora que Venezuela es gobernada por Nicolás Maduro, que es una "mala copia" de Chávez, que tiene su popularidad por el suelo, y que dirige un país que se hunde económicamente, sus discursos altisonantes y groseros mueven a veces a la indignación y otras veces a la risa.

Ivonne Bordelois, en un fantástico libro llamado La palabra amenazada, dice que los seres humanos nos relacionamos por medio de las palabras. Porque con las palabras se puede acariciar o se puede agredir, con las palabras se puede generar un ambiente de paz o se puede iniciar la guerra.

Indudablemente el chavismo, con su lenguaje violento y ofensivo, ha generado y sigue generando una verdadera tragedia para el pueblo venezolano y una enorme fractura de su sociedad. Pero lamentablemente su accionar no se ha limitado a Venezuela, sino que ha infectado a toda América Latina y ahora al Mercosur, donde el discurso también altisonante y agresivo está tirando por la borda años de esfuerzos en construir una integración continental.

Los últimos discursos de Maduro son francamente lamentables y preocupantes. En lo interno, amenazando a la oposición venezolana, con que si intenta hacer un golpe de Estado tendrá una respuesta más violenta que la que tuvo Erdorgan en Turquía; en lo externo, ofendiendo a Brasil, Argentina y Paraguay y a sus gobernantes, generando la casi segura muerte del Mercosur.

Las sociedades donde el mayor valor es el afecto –te quiero o te odio– son sociedades llenas de conflictos y enfrentamiento; sin embargo, las sociedades donde el mayor valor es el respeto, son sociedades donde puede tenerse una convivencia armónica, a pesar de las diferencias. El respeto hacia el otro tiene varias aristas, pero todo comienza con la comunicación, con la palabra, con la palabra que no ofende ni agrede, sino con la palabra que acaricia.

Sin duda alguna, uno cosecha lo que siembra; como dice un conocido refrán español "si se siembran vientos se cosecharán tempestades" y eso es lo que han hecho Chávez y Maduro en los últimos 17 años, ofendiendo a sus opositores internos, ofendiendo a países hermanos y ofendiendo a otros gobernantes.

Hoy están cosechando una "tormenta perfecta" que pesa dolorosamente sobre Venezuela.

(*) Presidente de Dende