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Opinión
sábado 8 de abril de 2017, 02:00

Una semana de premoniciones

Alfredo Boccia Paz – galiboc@tigo.com.py
Por Alfredo Boccia Paz

Nadie atravesó esta semana sin sufrir sus consecuencias. ¿Cómo hacerlo con tanta rabia, tanta agresividad en el ambiente? Lo sicosomático se difunde de lo individual a lo social, y la tensión acumulada se mide con la ruptura de largas amistades, con divisiones familiares difundidas sin filtro alguno, con escraches por doquier y con una violencia verbal que se apoderó de lo público.

Una palabreja, la enmienda, viene siendo el espejo que deforma nuestra imagen de pueblo apacible y nos devuelve la peor cara de cada uno de nosotros, multiplicándola en miles de fragmentos a través de las redes sociales. De repente, ese hartazgo tantas veces anunciado, ese hastío colectivo que se podía adivinar, superó cierto invisible umbral y se convirtió en arrebato callejero, en fuego y en grito.

Luego el recuento de los destrozos, el relato de las torpezas y el reparto de las culpas. Nos reencontramos con el conocido gusto a hiel de las tensiones no resultas. El mismo de 1989 entre stronistas y antistronistas; o el de 1999 entre oviedistas y antioviedistas; o el de 2012 entre fachos y zurdos. Esta amarga resaca de 2017 tiene el mismo sabor, pero lleva más tiempo explicarla. Algo es claro, sin embargo: los beneficiados son unos pocos y los perjudicados varios millones. Aquellos son incapaces de evaluar el enojo de estos. Y estos lo expresan del modo en que pueden hacerlo en una sociedad que consagra el palabrerío fanatizado y tiene escaso apego a la democracia.

Hemos desterrado los conceptos y el pensamiento serios de la discusión, y solo nos queda la diatriba vociferante y descalificadora. Y a ella nos arrojamos con entusiasmo, dispuestos a empalar al enemigo. Es el debate del tablón, de la gradería, en el que todos hablan y nadie escucha. O, en todo caso, el del que sí debe hablar, no lo hace. El que comenzó todo, el que debe explicarnos por qué nos llevó a esto, mira en silencio desde la platea.

Este muestrario pedestre y polvoriento de lo que nos empeñamos en seguir llamando democracia nos convoca a discutir una abstracción compleja: las normas procedimentales de la enmienda. Parece una broma del destino. Armados con los palos de la horda bruta, definimos los alcances de aquello que siempre fue relativo, según los intereses: la Constitución Nacional. Sus defensores estrictos de ayer, dicen hoy con jurídica sapiencia: "¿Qué lo que tanto? Si siempre, nomás luego, se la violó?". Y viceversa. Una discusión de incoherentes, en la que casi nadie resiste un archivo.

Que este conflicto sea más difícil de explicar no lo hace menos peligroso. Esta semana puede ser ominosa, cargada de premoniciones y amenazas. Nadie sabe cómo terminará esto. Y puede terminar muy mal.