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Editorial
jueves 27 de abril de 2017, 01:00

Un año para descubrir la genialidad de Roa Bastos

En un país donde la mediocridad generalizada es el común denominador, la figura de Augusto Roa Bastos –cuyo centenario de nacimiento se recuerda este año– se yergue como paradigma de lo que se puede alcanzar si al talento se suma el esfuerzo cotidiano en pos de la excelencia. El ganador del Premio Cervantes 1989 enfrentó las limitaciones de un país pobre y a ellas sumó la inclemencia del exilio. A pesar de ello, superó los obstáculos que se le presentaron y perseveró en un oficio donde muchos son los llamados, pero pocos los que acceden a lugares de privilegio por la calidad de su literatura. Mirando su trayectoria, sea este el año para leer su obra y descubrir en ella los rostros ocultos del Paraguay profundo.

Nacido en Asunción, pero con una infancia campesina que marcaría a fuego su vida y un vasto segmento de su producción literaria, Augusto Roa Bastos encontró el camino de su realización personal en la literatura. Habiendo descubierto desde temprana edad que su vocación más honda era la escritura, enfiló su empeño en construir una base de conocimientos teóricos y empíricos que le sirvieran de insumos para esa labor.

Los primeros años de la vida del autor de Yo el Supremo fueron de ardua lucha en medio de la pobreza en Iturbe, primero, en la capital, después. Aquí tuvo la fortuna de acceder a la biblioteca de monseñor Hermenegildo Roa, su tío, y de estudiar en un colegio de élite, gracias a los vínculos del eclesiástico, hermano de su padre.

Presente en la retaguardia de la Guerra del Chaco, aún muy joven e ingresando luego a las filas del periodismo, entró a la literatura por la puerta del teatro y la poesía, pero más adelante descubrió que lo suyo era la narrativa.

Tras la revolución de 1947, en su exilio de Buenos Aires, en medio de los múltiples oficios que desempeñó para sobrevivir, escribió los cuentos de El trueno entre las hojas. A ese libro, unos años después, seguirá Hijo de Hombre, con el que en 1959 ganó el premio del concurso de novelas de la editorial Losada. Con esa obra se inscribía ya en la lista de los grandes de la literatura latinoamericana junto a Rulfo, García Márquez, Cortázar, Borges, Fuentes, Vargas Llosa y otros. Es, sin embargo, con Yo el Supremo, una tomografía del poder absoluto tomada desde la dictadura del doctor José Gaspar Rodríguez de Francia, donde exhibe la maestría de su quehacer de escritor. Toma un personaje real de la historia paraguaya, pero retrata la voluntad omnímoda de quien era dueño absoluto de "vidas y haciendas" en el Paraguay hasta 1840.

Los libros de cuentos y las novelas El Fiscal, Madama Sui, Contravida y Vigilia del Almirante completan la producción de quien se basa en lo real para crear sus obras de ficción y llegar a las profundidades del espíritu retratando la condición humana.

Los genios nacen del seno de una sociedad en la que la mayoría se contenta con la mediocridad. Roa Bastos no se detuvo en esa media general, sino que se proyectó a las alturas, adquiriendo una sólida formación cultural, cosechando con creces cuanto había vivido en su niñez iturbeña y aprovechando las oportunidades que fue encontrando en su camino.

Si bien el escritor más grande y renombrado que tiene el Paraguay es conocido internacionalmente, sus obras se estudian en las grandes universidades del mundo y son temas de tesis de grado y posgrado de numerosos estudiantes, en nuestro país sigue siendo un gran desconocido.

Es necesario, entonces, que en este año en el que se recuerda el centenario de su nacimiento se descubra en todo el Paraguay al gran escritor leyendo y analizando sus obras para desentrañar la profundidad de sus planteamientos. Es el mejor homenaje que se le puede brindar.