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Opinión
miércoles 8 de febrero de 2017, 01:00

Tonto sin saber latín

Por Guido Rodríguez Alcalá
Por Guido Rodríguez Alcalá

Tonto sin saber latín nunca es gran tonto, dice un viejo refrán español. Eso significa que no hay peor tonto que el que tiene un barniz de cultura. En otros tiempos, el latín era sinónimo de cultura; hoy lo es el inglés, y el tonto diplomado suele ser angloparlante.

Hablando del tema, la revista inglesa The Economist publicó en setiembre del año pasado un artículo llamado Polka lessons, un elogio de Horacio Cartes, quien presuntamente tiene en su equipo tecnócratas de cultura occidental, en vez de los tontos de antes; gracias a HC, los sueldos han aumentado, se han emprendido importantes programas sociales y se ha combatido la corrupción.

Por cierto, hay tecnócratas en el Gobierno actual, pero yo no veo ninguno que esté a la altura de Eusebio Ayala, ni tampoco veo mucha mejoría en el país, sino más bien lo contrario. Y conste que todavía no hemos llegado al límite de la emisión de bonos internacionales, y nos esperan varias APP y contratos llave en mano. Cuando llegue el momento de pagar las deudas, veremos dónde nos habrán dejado estos discípulos de Milton Friedman.

¿Por qué ahora todos nos lo quieren justificar con la ciencia y la tecnología? En la Edad Media se utilizaban las historias sobrenaturales que, dentro de todo, resultan más divertidas. Ahora nos quieren embaucar con estadísticas, estudios científicos, etc. En algunos casos, los timadores son tontos que hablan inglés; en otros, son personas que realmente entienden, pero actúan por interés. Es una tendencia internacional, porque los científicos han ocupado el lugar de los teólogos medievales.

Uno de los grandes fraudes financieros ha sido el de la empresa financiera norteamericana llamada Long Term Capital Management, que cerró en el 2000, después de haber dejado un clavo de más de 4.000 millones de dólares. En el curro participaron activamente dos ganadores del premio Nobel de Economía, Myron Scholes y Robert Merton. Un científico muy respetado en Inglaterra fue Richard Doll, quien se negó a declarar contra una empresa que enfermaba a sus obreros con el amianto, negó que el plomo de la nafta afectara la salud de los niños y, para completar, negó que la dioxina hubiera producido cáncer.

En estos y en otros casos, las empresas culpables contaron con el apoyo abierto o la complicidad de científicos: es la colusión denunciada en el video Mercaderes de la duda. También hubo colusión en el caso del cambio climático, que se ocultó por un buen tiempo. Ahora ya no quedan dudas de que se trata de un problema real, ni de que existen formas de combatirlo: entre ellas está el uso de las fuentes de energía alternativa, que se vuelve más eficiente y más barata. Sobre el tema, existe buena información sobre la revista Ambiente y Sociedad, que puede leerse gratis en internet.