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Opinión
martes 23 de mayo de 2017, 02:00

Qué buen negocio es la educación

Brigitte Colmán – @lakolman
Por Brigitte Colmán

Paraguay es uno de los países más desiguales de América Latina.

Si fuiste a un colegio público, vas a tener un millón de posibilidades menos al lado del que estudió en el ASA; para empezar nomás esa persona va a saber inglés y vos no. Bueno, podrías, si tus papás pueden pagar un curso en algún instituto de idiomas, pero ¿qué hacés si tu papá apenas puede costear el colegio nacional?

Una persona que entra en la categoría de pobre no puede ni siquiera pensar en estudiar Medicina o Ingeniería en la Universidad Nacional. Es como pensar en viajar a Marte; a pesar de las becas y las frases buenudas que circulan por Facebook. No se imaginan la cantidad de astros que deben alinearse para que el hijo de un obrero pueda estudiar una carrera como esas.

Y esto es así porque el Estado paraguayo nunca tuvo políticas públicas para sacarnos de la pobreza, y acortar las brechas de la desigualdad. Por eso la educación es un privilegio; y por eso acá no cualquiera puede estudiar.

Con la clausura de 14 carreras de la Universidad Autónoma del Sur (Unasur), que está dejando un tendal de damnificados, se desató un carnaval de hipocresía.

Algunos culpan a los mismos estudiantes, porque ¿cómo no se van a dar cuenta de que su carrera ni siquiera estaba habilitada? Para eso luego se van a estudiar a esas universidades de garaje. Cómo pío van a tener un título si se van a dar clases dos veces por semana; unos avivados lo que son...

Para mí, los culpables son los sospechosos de siempre. Los dueños de las universidades que comenzaron a crecer como yuyos a lo largo y ancho de la geografía patria son los responsables y la cara visible de un floreciente negocio. Ganan mucho aprovechando la necesidad, las expectativas y la esperanza de miles de jóvenes.

Los otros, los parlamentarios. Durante cuatro años (desde el 2006 hasta el 2010) el Parlamento Nacional permitió la creación de universidades a tutiplén. Y ahora es cuando se están viendo los resultados.

Por tanto, habría que revisar también quiénes fueron los que aprobaron la creación de tantas universidades de garaje. Si escarbamos bien, podríamos encontrar a más de un congresista con los intereses mezclados.

Mientras tanto, en Misiones, una señora mayor vende chipas, cría chanchos y gallinas para que su hija pueda estudiar. Ella jamás fue a la universidad y, de hecho, su hija es la primera de la familia que pudo hacerlo. Al menos hasta hace poco, porque no solo tuvo la mala suerte de nacer pobre, sino además de haber pagado año tras año cuotas y matrículas y estudiado con gran ilusión, para ser enfermera con un título de Unasur. Esta historia solo va a terminar bien el día en que la educación deje de ser un negocio.