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Opinión
martes 16 de agosto de 2016, 01:00

Peligros de la madrugada

Por Fernando Boccia – fernando-boccia@uhora.com.py
Por Fernando Boccia

Por un video de una cámara de seguridad, los investigadores saben que Richard Ramón Pereira Ramírez, un joven de 25 años que huyó de una patrullera policial cuando manejaba un vehículo sin chapa, descendió de su Peugeot 204 y levantó las manos, rendido. Un árbol luego cubre a Richard y a los policías que se acercaron a él, por lo que la cámara no captó qué pasó después. De todas formas, conocemos el final de la historia: el conductor recibió un disparo en la nuca y probablemente quedará parapléjico el resto de su vida.

Estos son hechos concretos, cuestiones tangibles: un hombre con las manos arriba se entrega a los policías y termina postrado en la cama de un hospital. La patrullera comenzó a seguirlo cuando subió a su vehículo en la madrugada del sábado, luego de estar con sus amigos en 5ª Avenida.

Para los que acostumbran moverse por Barrio Obrero y el centro asunceno no hay nada raro en esta historia. Ser seguido por una patrullera de noche tras salir de algún bar o local es frecuente. También es común que una vez alcanzado, los policías amenacen al conductor con llevarlo a alguna comisaría para someterlo al alcotest. El objetivo es evidente: cobrar una módica suma para que el vehículo pueda seguir circulando y la patrullera salga a la caza de otros incautos. Además de los ebrios al volante –que los hay a cacharratas– y motochorros, también hay que cuidarse de patrulleras sin luces al mando de hombres armados y con licencia para matar.

ÚH denunció esto en un reportaje a fines del año pasado (justamente sobre casos de Barrio Obrero), pero las autoridades del Ministerio del Interior dejaron que los procedimientos irregulares –porque van en contra del Código Procesal Penal– sean ya normales en la zona.

En el caso de Richard, los policías se escudan en que él manejaba un vehículo sin chapa y huyó de la patrullera. El conductor –se sabría horas después– no tenía una orden de captura, ni antecedentes, ni tampoco había ingerido alcohol. Se asustó y decidió huir porque su auto no tenía documentos, contó su padre. Ante la lógica policial, eso es suficiente para que ahora tenga un balazo en la nuca y no pueda mover las piernas.

El informe elaborado por los agentes intervinientes dice que, una vez reducido el conductor, dentro del vehículo se encontraron 33 gramos de marihuana y un revólver.

Sin embargo, la víctima y testigos del episodio cuentan otra historia: hablan de la plantación de evidencias y de cómo los agentes trataron de que Richard sujete el arma utilizada para dispararla a fin de que sus huellas digitales queden impregnadas. El disparo que recibió tuvo una trayectoria descendente y los investigadores presumen que tras rendirse, el joven fue obligado a arrodillarse.

Lo que ocurrió aquella madrugada no es un caso aislado, sino el resultado del uso desmedido de la fuerza que caracteriza a nuestra Policía, pero que de ningún modo podemos aceptar como algo normal o un simple accidente.