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Opinión
domingo 13 de agosto de 2017, 01:00

Ódiame sin medida ni clemencia

Arnaldo Alegre
Por Arnaldo Alegre

En el quinto círculo del Infierno de Dante –el último donde se encuentran los pecadores castigados eternamente por su incontinencia– están los iracundos y los perezosos. Los primeros están inmersos en el Estigia, laguna del odio, y penan en el fango de su propia rabia, obligados a golpearse e injuriarse por siempre jamás.

La sicología moderna divide la ira en dos vertientes: la pasiva y la activa. Una es la autoaplicada por el propio individuo y la otra es la que proyecta su nocividad contra terceros. En este último ítem se apuntan comportamientos como bullying, grandiosismo, destructivismo, venganza, impredicibilidad y egoísmo, entre otras bellezas de época.

El cristianismo coloca a la ira como uno de los siete pecados capitales. Por capitales se entienden los comportamientos malignos que dan paso a pecados más graves. Mahoma, en tanto, sentencia que "los mejores de ustedes son los que son más lentos en enfadarse y rápidos en calmarse... Guárdate de ira porque es un carbón vivo en el corazón de los descendientes de Adán". Por su parte, la malicia –la hermana coqueta de la ira– está entre los cincos obstáculos que impiden alcanzar la superación budista. A la vez, el hinduismo subraya que el enojo conspira para llegar a la satisfacción de los deseos. Como Freud no da un tinte afectivo al tema y señala que el hombre nace con una innata predisposición al amor, pero que la rabia y la hostilidad saltan cuando la necesidad de amor no es satisfecha o es frustrada.

Ni Freud, ni Buda, ni el propio Cristo han tenido tiempo de conocer internet. De haberlo hecho iban a añadir a su percepción de la ira una dosis de banalidad. El desprecio por el desprecio, la rabia por la pura rabia, es un signo de los tiempos modernos. Y encuentran en la web su más perfecta caja de resonancia, donde pueden aunar su frustración personal y sus conflictos no resueltos con toques de perjuicio y camionadas de ignorancia. Todo ello cocido en la fosa de la impunidad, en la oscuridad de los infames.

El último ejemplo de la violencia digital o del uso violento de herramientas digitales es una red social denominada Sarahah. Lisa y llanamente es un sistema de mensajería anónimo mediante el cual se puede denostar (o en unos casos raros elogiar) desde la más abyecta oscuridad a quien a uno se le antoje. Ya en Paraguay está dejando sus primeras víctimas.

Daniela García escribió en Forbes México que "internet se ha convertido en un perpetuo reforzamiento de nuestras opiniones y creencias. Nuestra perspectiva nunca es desafiada, nuestra voz siempre es aplaudida". Y esto, subrayó, lleva al odio.

Destacó la ironía de que, pese a que tenemos a disposición el mayor caudal de información de la historia, "vivimos en pequeñas cuevas de gratificación instantánea". Y de odio, hay que agregar.