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lunes 9 de octubre de 2017, 02:00

Mantener cantinas saludables en escuelas es una batalla cotidiana

Empanadas, papas fritas y principalmente gaseosas son los alimentos que más consumen los niños de la escuela República del Perú, ubicada en el barrio Sajonia de la capital. Al día se venden alrededor de 200 empanadas fritas a los chicos de los dos primeros ciclos de la educación escolar básica (EEB). Las horneadas solo se adquieren en un promedio de 25 diarias. Eso que ambos productos se ofertan al mismo precio.
En lo que respecta a jugos naturales, en la cantina solo expiden dos litros diarios de zumo de naranja, pese a que en la institución educativa del sector oficial están matriculados 870 escolares.

Esto es un problema. El año pasado el índice de obesidad infantil creció 30% en el Paraguay, de acuerdo con cifras de la Unidad de Prevención de la Obesidad del Ministerio de Salud Pública (MSP).

La situación que se da particularmente en la escuela Perú, sirve para graficar el drama alimentario de la niñez en Paraguay. A criterio de la titular de Prevención de la Obesidad del MSP, Catherine Turnes, uno de los dramas es la casi nula oferta de cantinas saludables en escuelas y colegios.

Técnicos del Ministerio de Educación y Ciencias (MEC) coinciden con esta visión, lamentando que una de las trabas es la falta de recursos y personal para verificar la situación en instituciones educativas.

Para monitorear la alimentación escolar, el MEC solo tiene seis nutricionistas para las 7.200 escuelas del país.

Cultura. Para Nilsa Mongelós, cantinera de la escuela República del Perú, se necesita un cambio en las costumbres de alimentación de los niños, pero desde el hogar.

Perú es uno de los 70 locales escolares que sí son monitoreados por el MEC en el marco del Programa de Alimentación Escolar del Paraguay (PAEP) desde el 2013.

"En la escuela e incluso nosotros siempre hablamos del tema, nos capacitamos, pero los propios padres compran frituras para sus hijos", comenta la cocinera. Indica que prepara una jarra de jugo de naranja de dos litros que apenas vende en dos turnos.

"Hay 870 alumnos en la escuela y solo sale una jarra al día", remarca.

Los que sí adquieren jugos, yogur, frutas y sándwiches son los niños del prejardín.

La profesora de primera infancia, Tamara Cubilla, expresa que la modificación del hábito del buen comer es más fácil si comienza cuando los niños son más pequeños.

"Los niños son quienes después les exigen a sus padres que compren frutas y les señalan a sus compañeros si tienen comidas fritas", asegura.

SNACK. La directora general, Raquel Franco, sostiene que con el correr de los últimos cuatro años lo que pudieron borrar del mapa alimentario es el consumo del yesyés.

"Los alumnos dejaron de consumir esto después de una larga batalla", relata.

Otra es la realidad en la escuela General Díaz, donde la cantina sí vende bien productos como ensaladas de frutas, cremas caseras, frutas, jugos y sándwiches o mixtos.

"Este año comenzamos con el programa de cantinas saludables y nos va bien", dice la cantinera Amelia Aguilera.

Si bien lograron erradicar la venta de sándwiches de milanesa, siguen ofreciendo las típicas empanadas fritas.

regulación. Desde el 2013 está vigente la Resolución 16264 del MEC, que regula la venta de comestibles fritos en las cantinas de instituciones educativas públicas, privadas subvencionadas y privadas.

De acuerdo con esta normativa, los alimentos que deben ser distribuidos en las cantinas son frutas, sándwiches de queso y verduras, huevos duros, preparados al horno, postres tradicionales y ensaladas de frutas.

Para la Dirección de Alimentación Escolar del Ministerio, esto basta para buscar la prohibición de venta de alimentos fritos, explica Claudia López, de esta dependencia.

Indica que ahora el enfoque es integral. Incluye almuerzo y merienda escolar, además de las cantinas. "La limpieza del patio y la educación física también", remarca.


Solo 25 empanadas al horno vendemos al día en la escuela, pero fritas unas 200 por ahí.
Nilsa Mongelós, cantinera en escuela Perú.

Los más chicos ya piden cosas saludables a sus padres, es un cambio de hábitos desde abajo. Tamara Cubilla, docente de prejardín.