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Opinión
domingo 9 de abril de 2017, 01:00

Lugo

Arnaldo Alegre
Por Arnaldo Alegre

Yo voté por Fernando Lugo en el 2008 y no me arrepiento. Lo hice porque representaba la primera gran oportunidad de terminar con el unicato del Partido Colorado. Pensé que una temporada en la llanura los iba a volver más democráticos y forzaría una saludable transformación en el mayor partido del Paraguay. El remedio al parecer fue insuficiente, pues, protegido otra vez por el poder, nuevamente un grupo interno colorado que dice ser mayoritario se encuentra embarcado en otro proyecto autoritario: el cartismo.

La elección de Lugo no fue nefasta. Aprovechó el mayor crecimiento económico en toda la historia paraguaya para generar políticas sociales saludables. Por ello, hasta ahora encabeza casi todas las intenciones de voto para el 2018.

Quizás por eso se creyó su propio cuento y quedó prendado de sí mismo. El traje (o mejor dicho la sandalia) de impoluto aprendiz de Maquiavelo, de hacedor de verdades acomodaticias a sus intereses, se colocó con engreimiento indigno de una persona que llegó a donde él llegó.

Suelen decir que los obispos solo rinden cuentas a Dios. Si es así, deberá tener una larga charla con el Dios a quien le prometió amor y obediencia.

En la crisis por el proyecto de reelección volvió a mostrar lo que al parecer es su verdadero rostro. El de la persona que cree estar por encima del bien y del mal, alguien que piensa que no debe estar sujeto a los injustos vaivenes de los hechos, ni a normas, ni a leyes, ni a nada. Solo Dios y él.

Su postura tras el ataque al PLRA y la muerte de Rodrigo Quintana fue ambigua. En verdad, él mismo es ambiguo, sinuoso, decepcionante.

Sostuvo todo el tiempo que nada tenía que ver con la reelección cuando sus principales acólitos estaban incinerándose a gusto y paladar, validando los oscuros tejes y manejes que buscan parir la inconstitucional reelección.

Pero esa actitud no es de ahora. Cuando le saltaban como liebres hijos que, si los números no mienten, y no lo hacen, debieron ser concebidos en pleno ejercicio de su obispado, era una feliz oportunidad para debatir sobre la irracionalidad de mantener el celibato obligatorio. No lo hizo. Silbó bajito y cuando le preguntaban sobre el hecho apenas atinaba a decir frases de compromiso.

Y con respecto a la violencia del EPP, también se hizo del desentendido, cuando es sabido dónde los trasnochados calentaban sus cabecitas.

Lugo fue una oportunidad para el país, ahora parece otra oportunidad perdida. Triste.