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Mundo
sábado 7 de enero de 2017, 19:59

Los "diablos" de Píllaro vuelven a casa tras seis días de fiesta en Ecuador

Quito, 7 ene (EFE).- Los "diablos" de Píllaro, una atractiva ciudad de los Andes de Ecuador, dejaron de bailar por el Año nuevo y volvieron a sus casas tras seis días continuos de una fiesta tradicional, que congregó a decenas de miles de turistas.

La "diablada pillareña", parecida al carnaval de Oruro (Bolivia), por el parecido de las máscaras de diablos que usan cientos de danzantes, concluyó anoche con el desfile de las últimas partidas o comparsas, que recorrieron ya por la noche las calles de la ciudad.

Ataviados con capas negras y rojas y las caretas de diablos, la partida de Cochaló puso fin a la celebración que comenzó el 1 de enero, con el grupo de Minga Cultural.

En los seis días de festejos, más de 100.000 turistas visitaron Píllaro para participar de la diablada, según estimaciones del Municipio de esta ciudad que se levanta sobre un fértil valle de la provincia andina de Tungurahua.

Santa Marianita, Rocafuerte y Guanguibana fueron también las comparsas que desfilaron en el último día, para completar una retahíla de partidas que no pararon de bailar en la semana.

Las partidas son organizadas por las comunidades o barrios de Píllaro, algunos de los cuales mantienen una añeja rivalidad, como las de Marcos Espinel y Tunguipamba, a quienes también se atribuye una de las leyendas sobre el origen de la celebración.

En el pasado, los habitantes de estos dos barrios solían, por las noches, disfrazarse con las diabólicas caretas para ahuyentar a los intrusos de la otra comunidad, que cruzaban los límites de su terruño para conquistar a las muchachas del vecindario.

El alcalde de Píllaro, Patricio Sarabia, dijo a Efe que esta es solo una de las múltiples leyendas que se cuentan sobre el origen de la diablada y recordó que también se conoce que los indígenas del lugar, durante el tiempo de la colonia española, lucían las caretas de diablos como símbolo de rebeldía frente a los conquistadores.

Pero ahora, la diablada se ha convertido en un festejo de unión y tradición que, además, atrae como imán a miles de turistas de todo el país y del extranjero que, no solo acuden a Píllaro para observar, sino para participar de la pegajosa danza a ritmo de banda de pueblo.

Nancy Sánchez es una vecina de Píllaro que atiende en un lugar de venta y alquiler de trajes para la diablada, aunque también ha participado en los bailes de principios de año.

Ella cuenta que la diablada, que ha sido declarada como Patrimonio Cultural Intangible de Ecuador, no es solo una tradición para quienes alguna vez han participado en las comparsas, sino que se convierte hasta en "una forma de vida".

"Uno se pone el traje, la careta y ya solo le importa bailar, no importa nada más", señaló a Efe Nancy, que en su tienda de trajes muestra con dedicación los diferentes vestidos de fiesta.

Además de vestirse como diablos, las partidas también están integradas por los danzantes parejas de línea, capariches (barrenderos, en quichua)y las guarichas (hombres vestidos de mujeres), que tienen su propia vestimenta e igual importancia en la comparsa.

Al final, dice Nancy, no importa mucho de qué uno se vista, lo esencial es dejarse llevar por el furor del zapateo.

Otro de los personajes de Píllaro que suele participar en la fiesta es Don Ángel Velasco, un artesano que desde pequeño se dedicó a la confección de las caretas y cuyo oficio le ha valido para algo más que mantener a su familia.

Don Ángel es orgulloso de que el mismísimo Oswaldo Guayasamín, el gran pintor ecuatoriano ya fallecido, haya adquirido diseños exclusivos de sus máscaras.

Él también baila de diablo en Píllaro y durante el recorrido por las calles brama algunas palabras en quichua para asustar a los curiosos que se interponen en su camino.

"Atatay", "arraray", "achachay" (fétido, ardiente, frío) bufan los diablos mientras zapatean el pavimento para marcar el ritmo de la marcha.

Julio Moya, un joven de 28 años, es otro de los artesanos que confeccionan caretas para la diablada y, pese a que un accidente le dejó postrado, vive con intensidad la fiesta de Píllaro.

Esto es "algo novedoso, no hay algo así en otra parte", dijo Julio, que además atribuye poderes especiales de la diablada para quienes se atreven a participar en el baile.

Según él, "la gente se desestreza" y se desconecta de los problemas cotidianos: "Es algo único".

Fernando Arroyo León