Renunció Karina Rodríguez. Fue la mejor decisión que pudo haber tomado. La que menos daño le producirá a ella y al objetivo encubierto de muchos de los ataques: el proyecto municipal encabezado por Mario Ferreiro. Los hechos parecen claros. Ella avaló la supuesta presencia de un asesor parlamentario que se encontraba fuera del país. Hay por lo menos dos miradas al problema que merecen ser analizadas por separado.
La primera corresponde al ámbito administrativo y allí el delito o la falta parecen menores, sobre todo si los comparamos con los escandalosos casos que fueron denunciados recientemente. Incluso entre los críticos más feroces, son pocos los que creen que Karina haya firmado las planillas con la intención personal de quedarse con el salario del español, quien, por otra parte, es un abogado y docente universitario que fue contratado para un servicio específico y temporal que venía cumpliendo efectivamente.
La otra dimensión es la política, y es imposible de eludir. Con razón o sin ella, hubo una marejada de críticas que instalaron el caso Karina Rodríguez en el centro de la escena de un mes de enero en el que faltan temas políticos. La izquierda comprueba, una vez más, que paga un costo diferente cuando se la acusa de corrupción. Su fragilidad frente a la reprobación pública se origina en la expectativa de que ella sea distinta a lo tradicionalmente conocido. Que no caiga en los mismos vicios que denuncia.
No es casual que la mayor indignación provenga justamente de allí, de los que asimilan el error de Karina a su propio y ancestral envilecimiento. Las planillas de Karina les ofrecen en bandeja la oportunidad de vestirse de indignación y decirnos en la cara: "¿Vieron? En política todos somos iguales”. En el fondo, saben que frente al prontuario de despojos al Estado que acumulan, lo de Karina parece una inocente travesura infantil, pero no iban a faltar a la fiesta de destrozar a la zurdita.
Y los que sabemos que Karina no es así y no todos son iguales en política, nos quedamos con pocas respuestas. Porque seremos enseguida acusados de medir la corrupción con tamices de distinta malla, según provenga de la izquierda o de la derecha. Por eso, aunque doliera, Karina tuvo que ofrecer su cabeza en sacrificio.
Si se aferrara al cargo o intentara eludir la investigación judicial estaría hipotecando su futuro político y comprometiendo la credibilidad de Mario Ferreiro, quien traba su propia lucha contra los centenares de planilleros –estos sí de verdad– que tiene en la Municipalidad de Asunción.
El episodio también deja algunas lecciones para todos. No está mal que empecemos a tener una sociedad más exigente con sus representantes, sin excepciones para nadie. Y tampoco estaría mal que se valore la actitud inusual de Karina de renunciar y de ponerse a disposición de la Justicia frente a tantos ejemplos de lo contrario que todos conocemos.