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Opinión
domingo 23 de abril de 2017, 01:00

Horacio I, el iracundo

Arnaldo Alegre
Por Arnaldo Alegre

Al tercer hurra se desbarrancó. Lo que parecía un alegato de sensatez y sometimiento a la ley en un contexto de crisis muy difícil (que por cierto él y sus aliados llanistas y luguistas provocaron), acabó en un berrinche altisonante, agresivo e inquietante. La camarilla bermellón vociferó en la Junta y la bestia volvió a despertar, se envalentonó y dejó una ristra de dudas e incertidumbres.

Cartes una vez más demostró con sus palabras que lo más cercano que está de un estadista son los prohombres que adornan los billetes estadounidenses que abultan sus bolsillos.

Además, lo que fue vendido como un renunciamiento, como un martirologio personal, como una inmolación en los altares de la patria, no es más que el sometimiento vulgar y silvestre a la Constitución. Un poco más y pedirá que la ciudadanía le condecore por decir simplemente que no va a hacer algo que le está absolutamente prohibido. Es como si un violento golpea a su esposa antes de irse al trabajo y al regresar se siente ofendido porque la cena está fría.

De lo que no se percata el presidente es que el camino que ahora pretende andar otros lo hicieron ya y se tropezaron con la verdadera muralla colorada: el más rancio olvido. Lo que no sabe, por ignorancia o porque los avivados no le avisan, es que muchos de los que ahora lloran y se flagelan porque la patria perdió a su salvador años atrás hicieron lo mismo con otros que también se creían salvadores y que ahora apenas son una anécdota histórica.

¿Hay alguien ahora que reivindique partidariamente, con éxito y verdadero peso interno, a Stroessner, Argaña o Rodríguez? Obviamente, no. Con suerte se les festeja en alguna fecha especial o son grupos meramente testimoniales. Uno, el más terrible de todos, ni siquiera muerto puede regresar al suelo patrio.

Antes del cartismo hubo otros ismos que ahora solamente sirven para llenar polvo. La historia es una sabia consejera. Enseña a quien quiere educarse y es más efectiva que la verborragia interesada y los falsos jaculatorios, los cuales, por cierto, llenan fácilmente con aire insustancial los corazones vacíos.

Otra actitud indignante es el descarado antirrepublicanismo del presidente. En un estado aconfesional, remite su anuncio de que no violará la Constitución en una carta personal al arzobispo, y renuncia a su viciada pretensión solo porque el Papa le pidió. La ciudadanía y los otros poderes del Estado al parecer no valían su tiempo.

Pero qué le podemos pedir a una persona que la única vez que votó, votó por sí misma.