20 de agosto
Domingo
Parcialmente nublado con chubascos
21°
Lunes
Parcialmente nublado
21°
Martes
Despejado
17°
25°
Miércoles
Despejado
22°
33°
Avatar
Avatar
Bienvenido,
Cerrar Cerrar
Cerrar
Login/Registración
Búsqueda
Cerrar
Opinión
sábado 1 de abril de 2017, 03:00

Golpe a golpe,

Andrés Colmán Gutiérrez – @andrescolman
Por Andrés Colmán Gutiérrez

"Entendieron mal: Lo que había que atrasar era la hora, no el país", decía uno de los memes más ingeniosos que surgieron tras la crisis política desatada en el Senado, luego de que el grupo de legisladores colorados del cartismo oficialista, junto a los luguistas del Frente Guasu y los liberales llanistas, hayan iniciado el lamentable proceso autoritario que el viernes a la tarde desembocó en la autopresentación y autoaprobación del proyecto de enmienda de la Constitución, para imponer la reelección presidencial.

Aunque las principales portadas periodísticas interpretaron que se había producido un golpe parlamentario o un atraco al Congreso, un gran sector de la ciudadanía prefirió ver lo que estaba sucediendo no como una amenaza para la democracia, sino como un espectáculo de circo político. Más que la indignación, al principio primó la burla, la frustración, el desencanto.

Un número considerable de ciudadanos y ciudadanas acudieron a las calles y a las plazas a manifestarse "contra el golpe". Otros hemos preferido no acudir, expresando de otros modos la indignación por la maquiavélica maniobra del oficialismo y sus aliados (¿ex?) opositores, principalmente porque no queríamos que nuestra indignación sea utilizada por otro grupo de maquiavélicos personajes, baluartes de la corrupción, el autoritarismo y la violación de derechos humanos. Sin embargo, lo que ocurrió finalmente ayer –y lo que pueda seguir ocurriendo en los próximos días–, plantea desafíos para quienes seguimos soñando con un Paraguay diferente.

Lo que está sucediendo no es solamente una crisis política, sino una crisis de los políticos, especialmente de los partidos con representación parlamentaria. Si en el Congreso todavía existían unos pocos referentes que podían encender ideales de cambio, con actitudes éticas distintas a las de los políticos tradicionales, esta vez se terminaron de sacar la careta y se fueron todos al mazo. Seguramente tendrán caudal electoral y conquistarán votos en las próximas elecciones, pero lo harán bajo la cada vez más clara percepción ciudadana de que son parte de la misma mierda que alguna vez prometieron combatir y erradicar.

La buena noticia es que cuando todo se deshace, se puede construir de nuevo. Llevará más tiempo, pero hay mucha buena semilla sembrada en experiencias dispersas que deben juntarse, superar divisiones y prejuicios, encontrar puntos de coincidencia. Hay una generación por fuera de la vieja política que demostró ideales y coraje cívico en las revueltas universitarias, en las tomas de los colegios secundarios por una mejor educación, o en la colorida última movilización de las mujeres por el 8M. Hay testimonios de organización, construcción de proyectos alternativos y valores igualitarios expresados dignamente en la reciente marcha campesina, aun entre el show de la crisis legislativa. Hay ideas nuevas abriéndose campo en muchos sectores del arte y la cultura, de emprendedores juveniles y empresariales. ¿Cómo hacer para que se encuentren, dialoguen, tengan una representación política diferente con real fuerza para transformar la sociedad?