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Opinión
domingo 16 de julio de 2017, 01:00

Globalización y molestias

Guido Rodríguez Alcalá
Por Guido Rodríguez Alcalá

Hay muchas quejas sobre las dificultades para transitar por el centro de Asunción a causa de la protesta campesina. Puedo comprender las quejas, porque, si yo viviera o trabajara en el centro, también me andaría plagueando.

Por otra parte, la protesta habla del malestar existente en el campo, por diversas razones, comenzando por la falta de garantías para la vida y la seguridad personales.

Hasta el momento, ningún presidente del Paraguay ha mandado a asesinar a un periodista en la capital, una prerrogativa que se ha concedido más de un caudillo local.

El último periodista asesinado fue Pablo Medina (junto con su asistente). Ese recordado comunicador sabía demasiado.

Había estado en Marina Cué el 15 de junio de 2012 y acumulado mucha información sobre los trágicos sucesos de aquel día. Cuando el abogado español Aitor Martínez, que investigaba el caso, le pidió las fotos que no había publicado, Medina le contestó: no puedo dárselas a nadie, porque me van a matar como mataron a mis dos hermanos.

Pese a su prudencia, Medina fue víctima de la mafia, que también eliminó a otro testigo de los sucesos de Curuguaty, a Vidal Vega. Por desgracia, Vega no fue el único dirigente campesino caído sin que se castigara su muerte.

Detrás del gansterismo y de lo anecdótico hay algo mayor, y es la globalización.

¿No resulta traído de los cabellos asociarla con ciertos crímenes de nuestra campaña? No, porque la globalización, su nombre lo dice, llega a todos los rincones del globo terráqueo, de una u otra manera. Donde no existe ley, como aquí, la globalización se adapta maravillosamente a la ilegalidad; en países con mayor tradición legal, pone mayor cuidado en sus procedimientos. En todos los casos, globalización es sinónimo de libertad de mercado y de comercio; una libertad que no significa lo mismo para todos.

Europa, los Estados Unidos y ciertos países asiáticos desarrollados, que subsidian su agricultura, se oponen a que los países no desarrollados subsidien su propia agricultura.

Quieren imponer un sistema único de agricultura comercial, dominada por los cultivos intensivos de transgénicos, con tecnología y semillas patentadas por un grupo de grandes empresas.

En gran medida lo han conseguido, a expensas de los pequeños productores; lo han hecho en nombre de una eficiencia que no es tal, porque esa agricultura comercial no es sostenible: ha deforestado y contaminado demasiado, ha reducido la fertilidad del suelo. Esta pérdida de fertilidad del suelo, junto con el aumento de la población, plantea un serio problema a corto y mediano plazo.

Los pequeños agricultores, considerados atrasados por la ideología globalista, son quienes alimentan al 70% de la población mundial, según afirma un informe de la FAO de 2014.

Tanto la FAO, esa respetada dependencia de Naciones Unidas, como el Banco Mundial han alertado sobre otro problema: la especulación con la tierra a nivel mundial.

La especulación aumenta la concentración de la tierra y margina a los pequeños agricultores, a menudo obligados a migrar a las ciudades para engrosar los cinturones de pobreza. Esto se da en Asia, África y América Latina; es el aspecto siniestro de una globalización que ha fracasado.