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Opinión
lunes 4 de julio de 2016, 01:00

El lenguaje de los cocodrilos

Por Blas Brítez – @Dedalus729
Por Blas Brítez

Cinco años antes de su muerte —acaecida en el año 824—, el poeta Han Yu era gobernador de una región semibárbara de China llamada Chao Chou, la que hoy es la provincia de Cantón. En el vigésimo cuarto día del cuarto mes de 819, durante la dinastía Tang, Han Yu fue enviado por el emperador a dar solución a un apremiante asunto: la profusión de cocodrilos tenía a maltraer a los campesinos y devoraba su ganado. Ameritaba una intervención urgente de los representantes del Imperio.

El poeta-gobernador llegó al lago en el que vivían los animales cuyos ejemplares más grandes medían hasta seis metros. Luego de lanzarles carne de cerdo y oveja, reclamó la atención de los reptiles a fin de dirigirles una exhortación oral para que los mismos se marcharan del lugar hacia el ingente mar. Les dio un plazo de tres días para su marcha, a riesgo de ser sacrificados con arcos y flechas envenenadas si no se retiraban obedientemente. (El plazo no parece casual: en aquel tiempo se acostumbraba a lanzar al agua al acusado de un crimen, y si sobrevivía luego de tres días en medio de los cocodrilos, era indudable su inocencia. Ahora los cocodrilos tenían tres días para someterse a la ley de los humanos).

No hizo falta esperar las setenta y dos horas impuestas: esa misma noche, una tenebrosa tormenta apocalíptica se abatió sobre Chao Chou y los cocodrilos, simplemente, ya no estaban a la mañana siguiente. No lo estuvieron durante los siguientes cien años, cuando regresaron para ser testigos de la decadencia del Imperio.

El brillante ensayista estadounidense Eliot Weinberger (traductor admirado de Octavio Paz al inglés), en su libro Rastros kármicos (1980), ve en esta "singular respuesta burocrática confuciana" una última escenificación de la límpida comunicación que existía entre los animales y las personas, con las mismas palabras que utilizaban los humanos para comunicarse con otros humanos. Ese vínculo sería devastado por el fárrago metropolitano, por el auge de las ciudades. Lo cierto es que los cocodrilos tenían los mismos derechos y obligaciones que aquéllos. Porque formaban parte de una misma ecología cultural. El Estado cumplía con su tarea jurídica antes de, simplemente, exterminarlos.

Los cocodrilos del Pilcomayo chaqueño no tienen idea de qué es el Estado paraguayo. Más de once siglos después, no hay poeta-gobernador nacional que los exhorte a salvarse, como antaño. Mucho menos que los proteja, como representante estatal pertinente. Hoy el burócrata, por lo común, habla una lengua extraña que los cocodrilos no entienden, aun cuando aguzan los oídos para escuchar la jerigonza gubernamental, mientras se debaten en el cieno. La lengua del burócrata es la lengua de Horacio Cartes. Es decir, un trabalenguas fatídico. Por lo que, parecer ser, los cocodrilos están condenados a la incomunicación y la muerte.