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Opinión
sábado 3 de diciembre de 2016, 01:00

Chapecó, el fútbol y la vida

Por Alfredo Boccia Paz – galiboc@tigo.com
Por Alfredo Boccia

Hasta hace unos años muy pocos brasileños podían ubicar en el mapa esta ciudad catarinense de 200.000 almas. Algo que ya había cambiado incluso antes del accidente. Es que allí se reunieron todos los componentes de un drama universal.

Siete años atrás Chapecoense era un club al borde de la quiebra que jugaba en la sacrificada y semiprofesional cuarta división del fútbol. Con directivos locales, limpió su administración al tiempo que ascendía, un campeonato tras otro, hasta el nivel de competencia nacional. Lo hizo sin jugadores carísimos ni estrellas que brillaron en Europa. Eran futbolistas de la casa y trotamundos de clubes sudamericanos. En un pueblo pequeño, eran como de la familia. Todos los veían en las calles o bares del centro luego de los partidos.

Parecía un sueño. Los habitantes de Chapecó vieron jugar –y ser derrotados– en su pequeño estadio a los grandes equipos del Brasil. Cuando fueron pasando las fases de la Sudamericana hasta llegar a la final, Chapecoense dejó de ser un irreductible equipo del interior para ser adoptado por todo el Brasil. Incluso antes del accidente lo habían nombrado el "club más querido del país", título simpático, pero imposible frente a la popularidad del Flamengo, del Corinthians y otros monstruos del fútbol. Pero ¿quién podría dejar de conmoverse con todo lo conquistado por el Chapé?

El sueño fue abruptamente convertido en drama por la criminal ambición humana. Chapecó descubrió que no estaría en el centro mediático universal por ser la ciudad de los campeones sudamericanos. Como tibio consuelo queda la evidencia que si eso hubiera ocurrido sería, de todos modos, una gloria efímera. Antes que ellos, otro club pequeño e inesperado había llegado a la cima continental. El Sportivo Cienciano –nombre curioso debido a su origen en un Colegio de Artes y Ciencias– fue campeón de esa copa en el 2003 y Cusco tuvo una pasajera celebridad futbolística. Pero luego vinieron una crisis dirigencial, una sucesión de derrotas y el olvido. Hoy, el club ya no está en la primera división peruana.

Chapecó no será olvidada nunca y mucho menos sus héroes caídos en la montaña. Hay demasiada universalidad, demasiada humanidad en su drama. El dolor de los chapecoenses interpela a todos sobre la fragilidad de la vida. Imposible mirar por televisión las imágenes del avión destrozado mezcladas con la alegría y el optimismo de aquellos jóvenes durante su partida al vuelo final sin sentir una congoja propia, una ansiedad individual e intransferible sobre el sentido de la existencia.

Es un dolor apenas mitigado por la otra cara de la vida: las muestras de solidaridad mundial. Entre los homenajes casi simultáneos de los estadios Atanasio Girardot y Arena Condá había una humanidad entera meditando sobre la verdad del carpe diem (vive tu día como si fuera el último). El drama de Chapecó la hará universal de verdad.