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Opinión
domingo 6 de noviembre de 2016, 01:00

180 grados

Por Benjamín Fernández Bogado – www.benjaminfernandezbogado.wordpress.com
Por Benjamín Fernández Bogado

Algo extraño pasó esta semana. Desde la convicción de que todo se podía hasta el reconocimiento de que no se quería crispar ni fastidiar a la sociedad con un tema secundario.

La reelección vía el atajo de la enmienda cambió por completo todo.

La convención del sábado era el escenario perfecto. No dejaron hablar a los disidentes, pidieron la cabeza de un ministro y se les concedió, se afilió a la carrera a otro que miraba por televisión su defenestramiento anticipado, y sin mediar razones se acercó presuroso para recordar a un pariente legionario y ponerse el pañuelo al cuello.

Todo estaba listo para la reelección y no aparecía nadie o no había nada que se le opusiera. Pero el lunes el comunicado presidencial metió a todos –incluido a Cartes– en off side. Fuera de juego. La reelección vía enmienda no corría porque se descubrió que era ir en contra de la Constitución, no se quería irritar a la ya irritada sociedad, y que agradecía de corazón a los colorados que lo querían ver de nuevo competir por la presidencia.

Ínterin, pasaron sin evaluarse las verdaderas razones de su visita el subsecretario de Asuntos Hemisféricos del Departamento de Estado americano, portador quizás de alguna advertencia de tono internacional, y al interior unas cuántas corridas dentro del bloque de diputados.

Lo cierto es que parece haber sido una epifanía en la vida del mandatario que solo pidió finalmente, en una nota de antología, con un par de errores gramaticales, que solo quería procurar entre todos la felicidad del pueblo paraguayo.

¿Qué pasó en realidad?

Se podrían sumar conjeturas para concluir que continuar con la enmienda podría incluso poner en riesgo su propia continuidad como presidente.

Por ese camino también era posible despertar a algún caballo negro, como lo fue el obispo Lugo cuando de oponerse a la reelección de Nicanor se trató.

Lo cierto es que ha sido una tormenta de verano. Muchos relámpagos y truenos al inicio para luego entre viento, lluvia y granizos de diluvio, dar paso a un día fresco, agradable y claro.

La tormenta perfecta dejó tan descolocados a todos, que el propio Nicanor Duarte después del comunicado afirmó que quería destrozar electoralmente a Cartes, aunque en estas circunstancias no sabemos en qué terreno.

Sorprendidos, inquietados y descolocados todos. Los disciplinados y mermados diputados escucharon las razones jurídicas y políticas, y acabaron con el proyecto que enviaron a las calendas griegas. La reforma es imposible en estas circunstancias y si lo intentaran, la reacción popular contra los proponentes y adherentes sería todavía peor. Se acabó el cuento de la reelección, y en definitiva, solo le queda al presidente diseñar su legado. Cómo desearía que se lo recuerde.

No será fácil en medio de un escenario donde pegarle duro es mejor negocio que estar pegado a él.

Los muy cercanos esperarán el dedazo, pero el malhumor presidencial no augura seguridad para nadie. La previsibilidad tan anhelada dará paso a las decisiones coyunturales. Peña vale hoy menos que el dracma griego, y al sustituto de De Vargas que de ser diputado pasa a ser ministro, rompiendo una promesa presidencial le espera resolver lo irresoluble: la inseguridad, y en el medio, una retracción del consumo y suba de precios de cortes de la carne que aumentará el pirevai de la gente.

Cambiaron las cosas 180 grados. De una realidad ya definida pasamos a un territorio incierto dominado por las deslealtades, traiciones y malquerencias. Se acabó el Gobierno que conocíamos, ahora solo cuenta salvarse a cómo sea en el puente de mando y entre los tripulantes de ocasión.