La asimetría y desigualdad existentes son un serio obstáculo para el desarrollo económico y social. Todos lo saben; pero el problema radica en dos aristas encontradas. Están los que tienen y deben ser conscientes de que, de no encontrarse las claves del desarrollo, no podrán disfrutar en paz de sus posesiones. Están también quienes ocupan el otro extremo y sus voceros deben aceptar que no hay discusión en el siglo XXI de cómo se construye el camino a la riqueza y progreso de los pueblos.
Los ejemplos cercanos son contundentes, para que no lo perciban ni el Ejecutivo ni el Congreso. Brasil, Chile y Uruguay crecen económicamente y disminuyen las desigualdades. Argentina y Venezuela se hunden cada día más.
Los políticos locales tienen la responsabilidad de desentrañar las claves que expliquen las diferencias. No deben ser tan impenetrables, ni crípticas. Solo requieren un poco de patriotismo y dejar de lado un extremo egoísmo mezquino y destructor.
El desarrollo económico y social es un movimiento revolucionario anclado en la naturaleza humana. Negarlo será reproducir, sencillamente, los modelos fracasados, utópicos y que terminaron en burocracias autoritarias pobres. Un desarrollo económico, por definición, no será benévolo, ni solidario. Como toda obra humana, tendrá su lado sombrío, al ser un despiadado proceso de destrucción creativa hacia adelante.
El desarrollo económico y social se aproxima a la ley de la evolución de las especies. En su lucha por la supervivencia, unas especies progresan y otras sucumben. Solo algunas, las más aptas, prevalecen finalmente. Es cruel, pero real.
En forma comparable, cuando las personas y las empresas se someten a la dura ley de la competencia en una economía abierta y al orden meritocrático, solo algunas crecen, otras no lo soportan y quiebran. Sean personas físicas o jurídicas.
Que haya postergados es doloroso, pero si quisiéramos salvar a todos por la exigencia de selección de la competencia o la necesidad de organizaciones eficientes asentadas en la meritocracia, todavía viviríamos en la Edad de Piedra. Sin siquiera asimilar la división del trabajo. Nadie sería relegado, pero tampoco nadie progresaría.
Lo ideal sería que todos progresen, pero esta visión es una rosada utopía. Un país que insiste en subsidiar a casi todos quizá salvaría su alma, pero se condenaría a mantenerse en el atraso y la pobreza. Negar la meritocracia mediante el nepotismo y el compadrazgo o la competencia es un rumbo ya conocido hacia el fracaso y la pobreza.
El ex presidente de la Reserva Federal norteamericana Alan Greenspan, en Una edad de turbulencia, sostuvo que solo la regla de la competencia y la meritocracia trae el progreso; pero su costo es un estrés casi insoportable.
¿Qué debe hacer ante la disyuntiva un genuino estadista? Combinar sabiamente los rigores del progreso económico y atenuar situaciones límites en lo social.
Estos son los temas que debería incorporar una agenda de los partidos políticos y del Ejecutivo/Congreso en un gran Diálogo Nacional. De lo contrario, todo seguirá siendo igual que antes del 20 de abril del 2008.