Por Guido Rodríguez Alcalá |
Supongamos la siguiente situación. En la calle, un panchero le vende un pancho a un desconocido. El desconocido resulta ser un peligroso terrorista. Luego, el pancho es un arma de destrucción masiva. Este razonamiento absurdo puede tener asidero legal, dependiendo de cómo se interpreten las disposiciones antiterroristas, que siempre dejan mucho espacio para la discrecionalidad.
En vez de panchos pueden ser nintendos o videojuegos; esos aparatitos que se han convertido en el vicio de los chicos. El panchero puede ser un exportador de nintendos. ¿Puede ser? Más bien lo es. Se trata de Ulises Talavera, un paraguayo residente en Miami desde hace muchos años. A causa de sus panchos, digo nintendos, Talavera puede pasar 35 años en la cárcel y pagar una multa de millones de dólares. ¿Cuál fue su delito? Enviar nintendos a los terroristas, según el FBI. Los nintendos son inofensivos, pero, como dijo un abogado de la defensa, se han convertido en armas de destrucción masiva. Es una cuestión de interpretación.
Para no ir demasiado lejos con las interpretaciones, vamos a los hechos. En Miami, Ulises Talavera creó una empresa llamada Transamérica. Transamérica se dedicaba a la exportación y el envío de mercaderías desde Miami al resto del mundo. Todas las mercaderías eran legales; la empresa nunca mandó metralletas ni explosivos. Tampoco le mandó nada a Hizbullah, la asociación terrorista que, según el FBI, Transamérica financia con sus actividades empresariales.
¿Dónde está la relación entre Talavera y Nasrallah (creo que así se llama el jefe de Hizbullah)? En que Talavera (vía Transamérica) le envió nintendos a cierto comerciante de Ciudad del Este. ¿Era terrorista el comerciante? No; pero alquilaba un local en una galería de Ciudad del Este llamada Page. ¿Se tiran bombas en la Galería Page? No; pero, según el FBI, el propietario de esa galería le mandó dinero a Hizbullah, lo cual convierte en terroristas a todos los que alquilan locales en Page, y a todos los que tienen trato con los inquilinos de Page.
Esto es llevar la interpretación demasiado lejos. En la vida de todos los días, uno trata con una infinidad de personas; mientras no haga nada ilícito, no es responsable de las acciones ilícitas de los demás. Cada uno es responsable de sus propias acciones. No existe hoy la responsabilidad colectiva, como en la Edad Media, cuando la falta de una persona podía recaer sobre toda una familia o toda una colectividad. Mejor dicho, no debiera existir como de hecho existe: Talavera se salvó de la cárcel - por ahora- pagando una fianza elevadísima; el proceso que le hacen puede llevarlo a la ruina comercial y social. Esto no es justo ni razonable.