Opinión

Retorno a la “normalidad”

Lida Duarte Por Lida Duarte

La significativa reducción de muertes y casos positivos de Covid-19 es una bocanada de tranquilidad luego de tanto caos en los hospitales y hogares donde el coronavirus se infiltraba, afectando no solo la salud, sino también a la economía de las familias en un país caracterizado por altos niveles de desigualdad. Sin olvidar a las más de 16.000 personas que perdieron la vida y quienes aún padecen efectos secundarios de la enfermedad, los últimos datos estadísticos con varios días sin fallecidos y bajas cifras de contagios, respaldan el regreso a la normalidad que persiguen las empresas y el Gobierno, pero ahora que podemos reflexionar fuera del pánico y la ansiedad que generó la pandemia, ¿qué entendemos por normalidad?

Significa la recuperación de empleos para trabajadores y trabajadoras despedidos en plena crisis sanitaria y desprotegidos por el Estado que les niega un seguro para estos casos. Pero no es suficiente analizar esta recuperación sin tener en cuenta las precarias condiciones que forzosamente aceptan las personas que ante la desesperación e impotencia deben conseguir ingresos. De acuerdo con la Organización Internacional del Trabajo, la recuperación parcial del empleo estuvo acompañada de un crecimiento de la informalidad, que representa el 70% de la creación neta de puestos de trabajo en Latinoamérica, siendo las mujeres y jóvenes quienes sufrieron el mayor impacto de la desigualdad y la pobreza.

Recuperar el empleo o retornar al trabajo presencial luego de más de un año también significa reorganizar las tareas de cuidado en un país en que las empresas omiten su obligación de disponer de guarderías. También implica llegar hasta los puestos de trabajo mediante un sistema de transporte público que no responde a la demanda y que con total impunidad (o complicidad estatal), se toma la libertad de implementar reguladas de acuerdo a su conveniencia económica, mientras que al mismo tiempo se pasa extorsionando al Estado para aumentar el pago de subsidio.

Se suman otros problemas cotidianos como los cortes de energía eléctrica, el mal estado de las calles, el pésimo servicio de recolección de basuras, que responden además a la ausencia de verdaderas políticas sobre la disposición de residuos ,y por si fuera poco, desde hace varios meses los ciudadanos debemos afrontar el encarecimiento de prácticamente todos los alimentos en un Paraguay, cuya economía irónicamente depende mayormente de la producción de rubros agropecuarios. Hasta el momento, los esfuerzos de las autoridades de llegar a un acuerdo sobre el precio de la carne no dan frutos, mientras que en el caso de hortalizas, se observan las consecuencias de la falta de planificación productiva y una adecuada asistencia a la agricultura familiar, que provee de frutas y verduras al país.

En el ámbito de la salud, volver a la normalidad representa para los pacientes crónicos la oportunidad de seguir recibiendo tratamiento y medicamentos con la odisea que esto implicaba desde antes de la pandemia. El obsoleto sistema de agendamiento, la falta de medicamentos y las caras recetas siguen siendo una gigantesca barrera.

Y lo que colmó el cóctel de desmotivaciones sin dudas son los resultados de las elecciones municipales, que con la victoria de una mayoría de colorados pone en dudas las ventajas del desbloqueo de listas para los candidatos y candidatas de la oposición, especialmente para las agrupaciones minoritarias progresistas en la antesala de las elecciones presidenciales.

Para las élites políticas y económicas es el contexto ideal para que la clase trabajadora, los electores y electoras, candidatos y candidatas que apuntan a transformaciones se concentren solo en sobrevivir el día a día, pero como plantean algunos cientistas sociales, la perseverancia de los “pesimistas esperanzados” en algún momento dará frutos, solo esa esperanza nos mantiene de pie ante tanta desmotivación.

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