En 1772, el teólogo inglés Edmund Mossey dijo que vacunarse era un pecado porque, si alguien se enfermaba, era porque Dios quería.
Esa objeción de un anglicano hizo que en las colonias católicas de América se aplicara la vacuna en el siglo XVIII.
Por una razón similar, el uso del pararrayos se extendió en aquellas colonias españolas, a partir de las objeciones que le hicieron a su inventor, Benjamín Franklin, varios pastores protestantes.
La superstición siempre ha sido un obstáculo al progreso.
En otros tiempos, la superstición usaba argumentos teológicos; ahora utiliza argumentos científicos, o que pretenden pasar por tales.
Si la ciencia dice lo contrario, se hace una buena campaña de relaciones públicas para probar que lo negro es blanco.
Esto ocurre con el cambio climático producido por el uso de combustibles fósiles (petróleo, carbón, gas): se dice que no contaminan, o que no se puede prescindir de ellos, porque no existe alternativa hasta el momento.
Alternativas existen, lo que pasa es que no se las quiere aplicar porque, como los inventores del pararrayos o de la vacuna, los inventores de las energías llamadas renovables carecen del apoyo oficial de sus adversarios.
Sin embargo, el sol, el viento y el uso de desechos pueden ser rentables y eficaces.
Esto lo han visto ciertos grupos de personas que producen su propia energía, e incluso la venden a las redes de distribución.
En Shoenau (Alemania), un grupo de pequeños productores abastece de energía a la ciudad desde hace una década.
En Berlín se ha formado la compañía Citizen Energy Berlín, que pretende hacerse cargo de la provisión eléctrica de la ciudad.
El proyecto comenzó hace dos años, cuando Arwen Colell, de veinticinco años, decidió formar la compañía con un grupo de amigos.
Con las contribuciones de mil personas, llegó a reunir 5.400.000 euros, capital que debe multiplicarse para fabricar más turbinas de viento; de momento, tienen una que produce 2,3 megavatios y puede abastecer a 1.800 hogares.
La actual empresa eléctrica de Berlín, Vattenfall, emplea demasiado carbón y tendrá que irse, porque se pretende reemplazar las energías contaminantes por las renovables, para reducir radicalmente la emisión de anhídrido carbónico.
Esta es una política gubernamental que, aliada a la iniciativa privada, puede ser muy positiva para Alemania, y también para el mundo, porque sienta un ejemplo.
No en todo el mundo existe esta conciencia ecológica, y por eso la emisión de anhídrido carbónico ha aumentado.
A corto plazo, esto significa un aumento de ganancia para los productores de petróleo, carbón y gas; a largo plazo, es un problema para todos.
Un ejemplo reciente es el hundimiento del terreno en una localidad norteamericana, Bayou Corne (Luisiana), que se puede ver en internet (info@ecoportal.net ).
Este es uno de los perjuicios de la minería emprendida con el sistema llamado fracking, que algunos quieren traer al Paraguay como la última palabra de la civilización; en rigor, se trata de la superstición de la tecnología.